miércoles, 20 de abril de 2016

Una introducción no exhaustiva al estudio científico de la religión (V): un profeta ¿nace o se hace? #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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A lo largo de la historia los profetas han sido venerados por miles de millones de personas por supuestamente haber sido tocados por la gracia de la correspondiente divinidad. Sin embargo, la evidencia científica muestra que todo este armazón de creencias no es más que un castillo de naipes que descansa sobre los hombros de unos pobres enfermos mentales.

La epilepsia es una enfermedad provocada por un desequilibrio en la actividad eléctrica de las neuronas de diversas partes del cerebro, que provoca convulsiones recurrentes de diversa naturaleza. Así las crisis epilépticas son eventos súbitos, transitorios y de corta duración, que en los casos más llamativos implican pérdida de conciencia y movimientos convulsivos. Es por ello que esta enfermedad es más que conocida desde la más remota antigüedad, y como el paciente que padece una crisis epiléptica parece no obedecer a su dueño sino a una "voluntad" ajena, históricamente en algunas culturas se consideraba un castigo divino o una obra de demonios. Sin embargo, en otros pacientes los ataques epilépticos son mucho más suaves, con moderada alteración de la conciencia y menores movimientos convulsivos, pero en donde los desequilibrios neuronales de ciertas regiones del cerebro producen

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en cambio vívivas alucinaciones e hiperreligiosidad. Es por ello que este segundo tipo de pacientes (que se calculan entre el 1% y el 3% de los epilépticos según diferentes estudios) se ha considerado en diversas culturas como los elegidos por los dioses. Así los griegos denominaban a la epilepsia la "enfermedad sagrada" aun cuando el siempre inteligente y sagaz Hipócrates, observando que algunos soldados y gladiadores que habían sufrido heridas por traumatismos craneoencefálicos presentaban con cierta frecuencia ataques epilépticos similares a los de sus propios pacientes, rechazara ya en el siglo V AC cualquier causa espiritual y diagnosticara correctamente a la epilepsia como una simple enfermedad originada en el cerebro. Sin embargo esta visión racionalista y científica de la epilepsia fue olvidada durante milenios, e incluso aún a día de hoy en gran parte del mundo la epilepsia sigue estando sujeta a ese ancestral sustrato supersticioso en su dicotómico ying/yang de posesión maléfica o comunión con la divinidad, con muchas veces trágicos resultados tanto para el individuo afectado como para el conjunto de la sociedad, porque quizás esta enfermedad haya sido uno de los principales motores que ha alimentado a lo largo de los siglos el siempre peligroso delirio religioso.

Y esta asociación entre epilepsia e hiperreligiosidad reconocida científicamente desde hace décadas, lejos de ser una reminiscencia del remoto pasado superada en la materialista y descreída sociedad occidental, se mantiene incólume a día de hoy incluso en la capital de mundo, la cosmopolita ciudad de Nueva York. Allí recientemente un varón de 40 años de edad, con diagnóstico previo de epilepsia del lóbulo temporal, llega a urgencias hospitalarias después de tres días de graves alteraciones en su estado mental. Durante el examen médico el paciente se muestra poco cooperativo y se enfrenta en reiteradas ocasiones al personal sanitario puesto que el enfermo

Estaba constantemente haciendo observaciones religiosas, diciendo "Dios está conmigo y no necesito médicos o medicamentos." Él interpretaba cada pregunta que se le hacía como un cuestionamiento su fe, e incluso a veces intentó convertir al Islam a los médicos y al resto del personal que le trató. Creía que todos a su alrededor trataban de  impedirle obtener la salvación.

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Es decir, el típico comportamiento de esos iluminados que "saben" que su dios no sólo existe, sino que tienen una "relación especial" con Él y que aquellos que le rodean no entienden la revelación, por lo que son más que sospechosos de ser siervos del Maligno.

De todas formas, aunque presentaba evidentes delirios religiosos algo en su interior hizo que el paciente se mantuviera atado a la razón, ya que aunque se negó a recibir medicamentos por vía intravenosa (puesto que creía que eran venenos antirreligiosos) pudo ser convencido de retomar sus medicación original, que había abandonado en los últimos días, de tal manera que tras la vuelta al tratamiento farmacológico los síntomas desaparecieron y el paciente recuperó la normalidad, siendo posteriormente dado de alta.

Ahora bien ¿Qué hubiera pasado si este enfermo hubiera vivido en el depauperado Tercer Mundo sin acceso alguno a médicos y medicinas? ¿O si su mujer no se hubiera asustado de su mesianismo religioso de los últimos días y en lugar de llamar a una ambulancia hubiera sido una buena musulmana sumisa y devota, de esas que viven encarceladas dentro del burka tanto físico como mental del patriarcado y el fanatismo islámico? ¿O si el matrimonio hubiera vivido en Arabia Saudí, Irán o Afganistán y no en Nueva York? Lo mismo la pobre mujer hubiera acabado lapidada por haberse rebelado ante los designios de Alá y enfrentarse tan impíamente a la admirable devoción de su más que evidente santo esposo (y no olvidemos) dueño y señor.

Pero es más, este caso en casi cualquier momento de la Historia podría haber dado lugar a la aparición de un nuevo profeta independientemente de la secta en particular,

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puesto que nuestro devoto protagonista mostraba todos los síntomas asociados a grandes líderes religiosos de las más variadas creencias, sin ir más lejos el fundador del Islam. Pero además de Mahoma otros personajes religiosos, como Amenhotep IV (el faraón egipcio precursor del monoteísmo), Buda, George Fox (el fundador de los cuáqueros), el inventor del mormonismo Joseph Smith, Anne Lee (la líder de los Shakers), el místico luterano Jakob Bohme o innumerables canonizados del santoral católico como San Pablo, Santa Brígida, Santa Cecilia, Juana de Arco, Santa Catalina de Génova o Santa Teresa de Jesús, han mostrado síntomas compatibles con la epilepsia tal y como se indica en diversos estudios resumidos en la siguiente revisión científica.

Y aunque sólo sea un ejercicio de ucronía, finalmente sólo queda plantearse como sería el mundo en la actualidad si esas "grandes" figuras de la fe (y de la locura) hubieran sido adecuadamente tratadas y medicadas en su momento.

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