jueves, 26 de mayo de 2016

Un "salvaje" racionalista frente a un "civilizado" supersticioso #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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Se tiende a pensar que el racionalismo es un producto del avanzado mundo occidental, aunque sin embargo en toda época y lugar han existido personas librepensadoras, apegadas a los hechos que no caen en la siempre demasiado fácil trampa de confundir sus anhelos y sus sueños con la realidad.

Y quizás uno de los más llamativos ejemplos de ese secular enfrentamiento, repetido una y mil veces a lo largo de la Historia, entre el pensamiento sensato y la superstición mágico-religiosa sea el más que sorprendente dialogo llevado a cabo hace ya más de un siglo por el mas que polifacético Samuel White Baker (ya que fue explorador, naturalista, cazador, político, ingeniero, escritor, general y abolicionista) y un simple jefecillo de una tribu perdida en el más profundo África decimonónico, en lo que actualmente es el jovencísimo Sudán del Sur. Y aunque en principio pueda parecer que este debate estuvo más que descompensado entre el "civilizado" gentleman del Imperio Británico y un simple aborigen analfabeto, el relato del propio Baker no deja lugar a dudas del resultado.

Es hora ya de que sea el propio Samuel Baker quien narre lo que únicamente se puede calificar de llamativo y más que intemporal encuentro, que muy desgraciadamente incluso a día de hoy sigue estando de rabiosa actualidad (puesto que parece que la Humanidad no ha avanzado casi nada desde esa ya lejana segunda mitad del siglo XIX), tal y como lo recoge en su libro "In the Heart of Africa" sobre sus viajes por la región del Nilo.

Un día me reuní con Commoro, el jefe de los "Latooka", y a través de mis dos jóvenes intérpretes tuve una larga conversación con él sobre las costumbres de su país. Deseaba comprender el origen de la extraordinaria costumbre de exhumar el cuerpo después de su enterramiento, ya que imaginaba que este acto podía representar una creencia en la resurrección.

Comencé la conversación con él felicitando la perfección de sus esposas e hijas en una danza funeraria que se había celebrado recientemente, y en su propia agilidad en la actuación, y le pregunté por el motivo de la ceremonia.

Él respondió que era para un hombre que había sido recientemente asesinado, pero que no tenía gran importancia, ya que la misma ceremonia se realizaba para todas las personas sin distinción alguna.

Le pregunté por qué los muertos en combate se les mantenía sin sepultura. El dijo que siempre había sido esa la costumbre, pero que no podía explicarlo.

"Pero", respondí, "¿por qué debería usted molestar a los huesos de aquellos a los que ya se habían enterrado, y exponerlos a las afueras de la ciudad?"

"Es la costumbre de nuestros antepasados", respondió, "por lo tanto, seguimos observando esa misma costumbre."

¿No tiene usted la creencia en una existencia futura después de la muerte? ¿No es esa idea la expresada en el acto de exhumación de los huesos después de que la carne se haya descompuesto?

Commoro: "¡Existencia después de la muerte! ¿Cómo puede ser? ¿Puede un hombre muerto salir de su tumba, a menos que lo desenterremos? "

¿Cree usted que el hombre es como una bestia, que muere y todo se terminó?

Commoro: "Desde luego. Un buey es más fuerte que un hombre, pero él muere, y sus huesos duran más tiempo; ya que son más grandes. Los huesos de un hombre se rompen rápidamente; él es débil."

¿No es un hombre superior en sentido que un buey? ¿No tiene una mente para dirigir sus acciones? "

Commoro:  "Algunos hombres no son tan inteligentes como un buey. Los hombres deben sembrar maíz para obtener alimentos, pero los bueyes y los animales salvajes pueden obtenerlos sin sembrar."

Inciso: es más que llamativo el choque de mentalidades, el inglés como buen miembro de la élite dominante del mayor imperio del mundo no puede entender la humildad del africano, que en un par de frases ha sabido poner en su lugar a esa siempre tan vanidosa especie de sapiens que, a pesar de considerarse la máxima perfección de la Naturaleza, sin embargo presenta evidentes carencias.

El dialogo prosigue con otra pregunta ahora más directa de Baxter sobre el tema de su interés:

¿No sabe que hay un espíritu dentro de usted diferente de la carne? ¿No sueña ni deja correr el pensamiento hacia lugares distantes en su sueño? Sin embargo su cuerpo descansa en un solo lugar. ¿Cómo se explica esto?

Commoro (riendo): "Bueno, ¿cómo lo explica usted? Es una cosa que no entiendo; me ocurre todas las noches."

Yo no sé a ustedes pero a mí cada vez me está cayendo mejor el perspicaz y hasta socarrón Commoro, que parece dominar a la perfección el arte del debate. A lo que responde el explorador:

La mente es independiente del cuerpo. El cuerpo real puede estar encadenado, pero la mente es incontrolable. El cuerpo morirá y se convertirá en polvo o será comido por los buitres; pero el espíritu existirá para siempre.

Commoro: "¿Dónde vivirá el espíritu?"

¿Dónde vive el fuego? ¿No puede producir usted fuego frotando dos palos? Sin embargo, usted no ve el fuego en la madera. ¿No tiene ese fuego, que parece inofensivo y no está en los palos, el poder de consumir todo el país? ¿Qué es más fuerte, el pequeño palo que produce el fuego primero, o el propio fuego? Así es el espíritu dentro del cuerpo, como existe el fuego en el palo, siendo el espíritu superior a la sustancia.

Y después de esta más que forzada comparación para introducir al racional aborigen en el siempre peligroso mundo de lo espiritual, la respuesta de Commoro es antológica por su dominio de los símiles:

Commoro: "¡Ja! ¿Puede usted explicar lo que vemos con frecuencia en la noche cuando uno se pierde en el desierto? Yo mismo he estado perdido, y vagando en la oscuridad he visto un fuego distante; al acercarme el fuego ha desaparecido, y yo he sido incapaz de encontrar la causa, ni podía encontrar el lugar."

Se puede observar como el "salvaje" racionalista le ha explicado al "civilizado" europeo en un simple párrafo uno de los mayores descubrimientos de la neurociencia actual: que el cerebro humano es capaz de "fabricar la realidad" y que por tanto, bien haría nuestro inglés en ser más escéptico sobre lo que ve, lo que siente y lo que anhela. Así que a nuestro pobre escritor no le queda más remedio que apelar directamente a lo intangible:

¿No tiene idea de la existencia de los espíritus superiores al hombre o la bestia? ¿Usted no tiene miedo del mal excepto por causas corporales?

Y nuevamente la sucinta respuesta del jefe de la tribu es todo un canto al pensamiento crítico apoyado únicamente en los hechos:

Commoro: "Tengo miedo de los elefantes y otros animales cuando es de noche en la selva; pero no en otra cosa."

Y aquí nuestro protagonista de tez blanca empieza a no salir de su asombro:

¡Entonces usted no cree en nada, ni en un espíritu bueno ni malo! ¿Y usted cree que cuando se muera será el fin del cuerpo y del espíritu; que usted es como los demás animales; y que no hay distinción entre el hombre y las bestias; ambos desaparecen y terminan con la muerte?

Commoro: "Por supuesto que sí."

¿Usted no ve ninguna diferencia en las buenas y las malas acciones?

Commoro: "Sí, hay buenas y malas acciones en los hombres y en las bestias."

¿Usted cree que un buen hombre y uno malo deben compartir la misma suerte, y morir por igual, y terminar?

Commoro: "Sí; ¿Qué más pueden hacer? Buenos y malos todos mueren."

En este punto el británico (imagino que al borde del colapso nervioso) se aferra a la última trinchera, al "hecho" (o más bien infantil deseo) de que debe haber una "justicia" supernatural, con un castigo y una recompensa que de algún tipo de "sentido" a la vida ya que comenta:

Sus cuerpos perecen, pero sus espíritus permanecen; el bueno en la felicidad, el malo en la miseria. Si usted no deja ninguna creencia en el más allá, ¿por qué un hombre debería ser bueno? ¿por qué no habría de ser malo, si puede prosperar por la maldad?

Commoro: "La mayoría de la gente es mala; si son fuertes abusan de los débiles. Las buenas personas son débiles;  ellos son buenos porque no son lo suficientemente fuertes para ser malos"

Y, después de haber recibido esta casi magistral clase de alta política (por parte de un individuo, no lo olvidemos, que desconoce a Maquiavelo) que suscribirían casi todos los líderes occidentales de los últimos siglos, el polifacético gentleman parece encontrar por causalidad el argumento definitivo: la religión cristiana, argumento que parece casi como caído del cielo puesto que según nos cuenta el narrador, en ese preciso momento ¡loada sea la incognocible trinidad cristiana! observó que

Algo de maíz había sido sacado de un costal para los caballos, y unos granos yacían esparcidos por el suelo, así que probé la bella metáfora de San Pablo como un ejemplo del más allá. Haciendo un pequeño agujero en el suelo con mi dedo, coloqué un grano dentro de él: "Esto," dije "representa cuando muere". Lo cubrí con tierra y continué, "Este grano se descompondrá, pero de él crecerá una planta que producirá la reaparición de la forma original."

Y atentos a la magistral respuesta del jefecillo, capaz de derruir dos milenios de teología cristiana casi sin despeinarse con tan solo la ayuda de su propio pero poderosísimo raciocinio:

Commoro: "Exactamente; lo entiendo. Pero el grano original no crece de nuevo; se pudre como el hombre muerto, y se acabó. El fruto producido no es el mismo grano que enterramos, sino el resultado de ese grano. Lo mismo sucede con el hombre. Me muero, me pudro y he terminado; pero mis hijos crecen como el fruto del grano. Algunos hombres no tienen hijos, y algunos granos perecen sin fruto; entonces todo se acabó."

Commoro, Chief of The Latooka Tribe
No se podrá negar que el aborigen era todo un ejemplo de sensatez y pensamiento crítico que en la actualidad no hubiera desmerecido en nada y hubiera podido codearse con cualquiera de los "Cuatro Jinetes del No Apocalipsis" en su hercúlea lucha contra la superstición. Y es una verdadera lástima que este breve relato (junto con el supuesto retrato que acompaña a este texto) sea todo lo que queda del más que interesante pensamiento del jefe Commoro, un filósofo racionalista de primera magnitud.

Así que finalmente Baxter no tuvo más remedio que capitular en toda regla tal y como lo narra él mismo en el último párrafo del correspondiente capítulo:

Me vi obligado a cambiar el tema de conversación. En este salvaje y desnudo aborigen no había ni siquiera una superstición sobre la cual asentar un sentimiento religioso; sólo había una creencia en la materia y para su conocimiento todo era material. Fue extraordinario encontrar tanta claridad de percepción combinada con tan completa torpeza para cualquier ideal.

Y como corolario de todo este relato quizás lo más llamativo fuera el que el polifacético y viajado Baxter, miembro aventajado del mundo occidental ni siquiera llegara a intuir la tenebrosa cárcel mental en la que se hallaba atrapado. ¡Misterios insondables de adoctrinamiento religioso!

Y ya para terminar (y como he comentado anteriormente) es una lástima que no tengamos acceso a las reflexiones del jefe Commoro tras la visita del extraño y más que supersticioso inglés porque muy seguramente no tendrían desperdicio. ¡Menuda fama que dejaría entre los Latooka nuestro caballero británico!

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