lunes, 19 de septiembre de 2016

Mala farma: las inevitables consecuencias del libre mercado #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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El problema del mundo actual es que cualquier faceta se tiene que supeditar al pensamiento único neoliberal, en donde el dogma del libre mercado y la búsqueda de beneficios a cualquier precio imponen una lógica perversa y muchas veces hasta criminal. Y por supuesto, ni siquiera aspectos tan sensibles como la salud y hasta la vida de los seres humanos pueden escapar de esta tiranía, cuyo más que inevitable resultado es lo que los críticos denominan Mala Farma o incluso Far(ma)mafia.

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Desde el punto de vista económico las diversas empresas se suelen clasificar por el tipo de producto que venden, así tenemos el sector de la automoción cuyo supuesto objetivo sería el de fabricar automóviles, las empresas informáticas aparentemente se dedicarían a vender ordenadores, las editoriales libros y las farmacéuticas medicamentos. Sin embargo, cuando se amplía el horizonte y se dejan de lado pequeños detalles se obtiene una visión de conjunto mucho más homogénea y también mucho más prosaica, porque en realidad todas las empresas tienen el mismo objetivo final: obtener beneficios y cuantos más mejor.

Así Apple, Pfizer, Volkswagen, McDonald´s, Exxon Mobil, Merck, Samsung, Boeing o Bayer cotizan en los mismos mercados de valores en donde únicamente se deben a sus accionistas, de tal manera que todas estas empresas ansían el favor de los inversores, los cuales además muchas veces son los mismos en todas ellas y únicamente esperan los mayores rendimientos independientemente del producto específico que oferte cada multinacional. Además y como prueba de que en el fondo todas ellas se dedican a lo mismo se encuentra el hecho de que suelen intercambiar sus altos ejecutivos casi como si de cromos en el patio de un colegio se

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tratara, de tal manera que un Director General o un "CEO" (como se dice ahora en la jerga empresarial) pueden estar 3 años dirigiendo la fabricación y venta de aviones de pasajeros o incluso de combate, trabajar durante un lustro en el sector alimentario para ser contratado después por una multinacional farmacéutica, ser fichados posteriormente por una tabaquera o petrolera, para acabar finalmente su etapa laboral en una empresa de software. El resultado de toda esta sorprendente "capilaridad" empresarial es que los objetos fabricados o los servicios ofertados por cada empresa pasan a tener el mismo y secundario valor para los altos ejecutivos de las multinacionales, puesto que únicamente son meros instrumentos para conseguir un único objetivo final, ya que lo transcendental en cada transnacional es la cuenta de resultados.

Pero existe un problema con esta tan simple como economicista visión de la vida, y es que mientras uno puede elegir comprase o no un Smartphone y si lo desea pagar más de mil euros por el nuevo iPhone 7, los medicamentos son un asunto más serio en donde las "libertades" de decisión y de elección del "consumidor" no existen. Además, mientras es relativamente sencillo saber por ejemplo si las características ofertadas por Apple se corresponden con los componentes de nuestro flamante teléfono "inteligente" y si esta novedad es mejor o peor que los aparatos de la competencia, en el caso de los medicamentos los pacientes (que no consumidores) no tienen en la práctica capacidad alguna de conocer la calidad y seguridad de lo que se les está administrando y por tanto, deben delegar inicialmente en su médico y en última instancia en las autoridades sanitarias.

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Y si la cultura empresarial empapa también al sector farmacéutico, pues no hace falta ser muy perspicaz para comprender que existe un gigantesco problema, pues en la invariable pelea por aumentar la cuenta de resultados e incrementar los beneficios de manera constante (y si se puede casi exponencial) para satisfacer así a los por otra parte insaciables mercados internacionales, el resultado final conlleva inexorablemente la aplicación del famoso dicho de "el fin justifica los medios". Y por tanto las multinacionales de los medicamentos utilizan las mismas "sucias" estrategias que cualquier otra gran empresa.

 

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Así los más que combativos investigadores Ben Goldacre y Peter Christian Gøtzsche han mostrado en sus respectivos y más que recomendables libros ("Mala farma" y Medicamentos que matan y crimen organizado") la panoplia de estrategias (aunque sería mucho más acertado hablar directamente de delitos) que sistemáticamente utilizan las diferentes compañías del sector para conseguir aumentar esos tan ansiados beneficios empresariales.

Sin entrar en detalles porque la información de ambos libros es abrumadora y daría lugar a decenas y decenas de entradas en CyD (por lo que invito a todo el mundo a sus más que interesantes lecturas) la lista principal de tácticas de estas corporaciones se puede resumir en los siguientes puntos.

El primero de todos es la publicidad abusiva y muchas veces engañosa tanto al público en general como a los profesionales sanitarios (a través de los siempre más que sospechosos visitadores médicos), mera propaganda con sobrevaloración interesada y tergiversación tramposa de los datos y los estudios realizados, que se hace pasar por información científica veraz y que induce a los médicos a recetar dosis más altas de los medicamentos existentes en el mercado (con el consiguiente aumento del gasto sanitario y el peligro para el paciente al potenciarse los siempre inevitables efectos secundarios), a prescribir fármacos para enfermedades para cuyo tratamiento no ha sido aprobado por las agencias pertinentes y a creerse que la nueva medicina recién aprobada (que en general suele ser mucho más cara que los medicamentos más antiguos) tiene una efectividad mayor y/o menores efectos secundarios que los fármacos ya presentes en el mercado.

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El segundo es la influencia indirecta (mediante invitaciones a congresos o pagos por charlas, asesoramiento o consultorías) o directamente el soborno puro y duro de profesionales médicos, periodistas o incluso autoridades sanitarias tanto de agencias reguladoras como de políticos, que junto con la más que sospechosa financiación de asociaciones de pacientes, que pasan a convertirse de facto en simples marionetas de las farmacéuticas para poder ser usadas como herramientas de presión para la pronta y favorable aprobación de medicamentos más que dudosos, describen un panorama desolador tal y como narró en una entrevista hace algún tiempo Peter Rost, un médico que trabajó durante años como alto ejecutivo de ventas de dos grandes farmacéuticas:

Da miedo cuántas similitudes existen entre esta industria y la mafia. La mafia gana obscenas cantidades de dinero, como hace esta industria. Los efectos secundarios del crimen organizado son los homicidios y muertes, y los efectos secundarios son los mismos en esta industria. La mafia soborna políticos y a otros, y lo mismo ocurre con la industria farmacéutica… La diferencia es que todas estas personas de la industria farmacéutica (bueno, yo diría que el 99 por ciento de ellos) tienden a considerarse a sí mismos como ciudadanos respetuosos de la ley, no como ciudadanos que podrían robar un banco… Sin embargo, cuando se reúnen como grupo y gestionan estas corporaciones, es algo que parece suceder.

Y la prueba de todos estos comportamientos ilegales es que sólo en EEUU y durante el periodo de tiempo comprendido entre los años 1991 y 2010 las autoridades estadounidenses impusieron multas por todo tipo de delitos a multitud de empresas del sector por valor de unos 20.000 millones de dólares y que lejos de solucionarse, el problema sigue en aumento ya que tan sólo entre 2010 y 2012 en ese mismo país se ha castigado a 26 farmacéuticas a multas por otros 10.000 millones de dólares adicionales. Y dentro de estos comportamientos cuasimafiosos hay que destacar la presión hacia investigadores independientes y a las revistas científicas que osen publicar estudios en los que se muestre que uno de estos medicamentos tiene mayores efectos secundarios o menor eficacia terapéutica que los admitidos inicialmente en los documentos oficiales de la empresa.

Pero quizás la peor de todas estas infracciones sea la manipulación de los ensayos clínicos, puesto que ello pone en riesgo toda la estructura del sistema y cuestiona la seguridad y la eficacia de los medicamentos. Ello es posible porque a medida que han

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ido pasando los años el poder de las farmacéuticas sobre estos ensayos ha ido creciendo hasta prácticamente llegarse a un control casi absoluto. Así no sólo es que en la actualidad la mayor parte de los ensayos clínicos son patrocinados por esa misma industria tanto en la UE como en los EEUU, sino que la proporción de los proyectos que las farmacéuticas encargan a los centros médicos académicos ha disminuido dramáticamente, desde un 63% en 1994 hasta un escaso 26% en 2004. De tal forma que en la actualidad la gran mayoría de los ensayos clínicos son realizados por empresas especializadas (privadas por supuesto y con el mismo ánimo de lucro que las farmacéuticas que las contratan) denominadas "organizaciones de investigación por contrato" (CRO por sus siglas en inglés), que ejecutan todo el proceso desde el reclutamiento de los enfermos hasta el marketing y la publicidad del nuevo medicamento, ofertando un más que cómodo y eficiente servicio completo a la farmacéutica de turno. Este trasvase ha venido dado por la evidente dificultad de las multinacionales de controlar un ensayo clínico dirigido por un centro de investigación de prestigio (a pesar de las abusivas cláusulas de control y limitaciones legales de todo tipo que siempre han impuesto estas empresas a ese personal investigador que muchas veces tenía la osadía de solicitar poder analizar el ensayo completo o modificar el proyecto con nuevos controles, aun cuando sólo hubiera participado de forma parcial), hecho que por supuesto no ocurre en la actualidad con las CROs que tienen más que claro quién es el que paga los más que millonarios emolumentos de cada ensayo, y que por supuesto no tienen esos tan poco empresariales conceptos de rigor científico y prestigio académico que tanto nos preocupan a esas ratas bípedas de laboratorio que somos los investigadores.

Y una vez detectados y analizados los problemas, las soluciones. Desde mi humilde punto de vista de simple investigador de a pie hay dos formas complementarias de atajar este problema.

La primera consistiría en una formación más científica del estamento médico durante su etapa universitaria focalizada en el análisis crítico de los estudios, formación que debería ser continua durante toda su futura carrera profesional mediante cursos reglados de perfeccionamiento, en donde las novedades científicas y farmacológicas que en la actualidad se suceden cada vez a mayor ritmo fueran expuestas de una manera científica, rigurosa y veraz, junto con la prohibición total de publicidad corporativa, incluidos por supuesto los visitadores médicos y las más que interesadas charlas y muy parciales seminarios patrocinados por la industria farmacéutica, que en la actualidad son la mayor (si no única) fuente de información rápida y asequible para muchos de esos esforzados médicos, que se encuentran sobresaturados de carga de trabajo por los continuos recortes en materia sanitaria y la cada vez mayor masificación del sistema de salud pública, al menos en España.

Y la segunda sería el despojar de todo control sobre los ensayos clínicos a las farmacéuticas, con la creación de instituciones científicas públicas e independientes, dedicadas en exclusividad a la realización de este tipo de pruebas, centros que cobrarían por adelantado y en efectivo el justo precio del coste de los ensayos a la farmacéutica independientemente del posterior resultado, estudios que deberían ser indexados en una base de datos de libre acceso para cualquier investigador o ciudadano interesado en el tema. Y por supuesto el personal de estas instituciones tendría prohibido mantener ningún tipo de relación económica con ninguna de las empresas interesadas.

Solo con medidas de este calado se podrá garantizar en el futuro una medicina científica de calidad, en donde los medicamentos sean efectivos y seguros, porque de lo contrario, de seguir con esta deriva hacia una sanidad neoliberal la bola de nieve irá creciendo hasta arrollarnos a todos, con el resultado final de llegar a que no exista diferencia alguna entre los fármacos aprobados por las respectivas agencias del medicamento y las pastillas azucaradas de la homeopatía.

Aunque vista la cada vez mayor imbricación entre el mundo empresarial y la política ¿quién es el valiente que pone el cascabel al gato? sobre todo cuando desde que las farmacéuticas adoptaron sus agresivas "técnicas" son las multinacionales con mayor tasa de beneficios de todas tal y como muestra la siguiente figura

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señal de que en este mundo neoliberal no sólo no deben ser controladas de ninguna manera, sino que por el contrario son el ejemplo a seguir por el resto.

P.D.

Y por supuesto este gigantesco problema no parará de crecer mientras las grandes corporaciones farmacéuticas sigan creciendo y absorbiendo empresas y haciéndose cada día más poderosas.

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