jueves, 29 de septiembre de 2016

Una introducción no exhaustiva al estudio científico de la religión (VI): ¿se pueden fabricar creyentes racistas al gusto conservador? #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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Muchísimas personas suelen colocar la espiritualidad y la religiosidad como el eje central de su vida, individuos que luego se sorprenden (o incluso se ofenden) si se les indica que sus creencias (como en la práctica cualquier tipo de comportamiento humano) no son más que el resultado de factores genéticos, bioquímicos, hormonales y sociales que interactúan de manera muy compleja sobre esa maravilla evolutiva que es el cerebro humano. De tal manera que diferentes estudios provenientes de los más diversos campos están delineando el tan particular fenómeno de las creencias.

En diferentes entradas de esta serie [1, 2, 3, 4 y 5] se han ido presentando los más diversos estudios e hipótesis que están explicando desde un punto de vista científico el siempre fascinante fenómeno de la religión: desde su ya lejana aparición hasta su actual pervivencia. Todas estas explicaciones evolutivas no tienen por qué ser mutuamente excluyentes, sino que muchas son complementarias ya que cada una de ellas ha podido ser relevante en alguno o varios momentos de la larguísima relación de los sapiens con las creencias sobrenaturales, que como todo comportamiento humano ha ido desarrollándose y cambiando a lo largo de los milenios casi a la misma velocidad que lo ha hecho el variable y cada vez más complejo entorno ecológico y social de nuestra especie.

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Esta entrada se centrará en el curioso e importante papel de una pequeña molécula, la oxitocina, sintetizada en el hipotálamo y que actúa como hormona neuromoduladora del sistema nervioso central controlando diversos comportamientos sociales, patrones sexuales y la conducta parental tal y como presenté en una entrada anterior.

Pues bien, a lo largo de estos últimos años se ha encontrado una relación entre este minúsculo neuromodulador y la siempre reverenciada espiritualidad. Así en el estudio de una cohorte de individuos infectados por el VIH se encontró una correlación entre espiritualidad y niveles de esta hormona, de tal manera que las personas más "espirituales" tenían mayores niveles en sangre de esta hormona. Resultados similares se han encontrado en grupos religiosos, en donde las personas con mayores niveles de oxitocina muestran mayor grado de religiosidad.

Sin embargo en ciencia se ha evidenciado innumerables veces que correlación no implica causalidad (sobre todo cuando se trata de pacientes, en donde el estrés de la enfermedad puede alterar los comportamientos normales de los individuos), de tal manera que en un recientísimo estudio un grupo de investigadores estadounidenses decidieron realizar un experimento controlado sobre esta relación. Así seleccionaron 83 varones de mediana edad, que separaron en dos grupos: uno de ellos recibió una dosis inhalada de oxitocina mientras que la otra mitad ejerció como grupo de control por placebo. Los investigadores encontraron que las personas que habían recibido tan solo una única dosis de la hormona presentaban mayores niveles de religiosidad que aquellos que habían recibido el placebo.

Otros ensayos previos de administración de oxitocina frente a placebo en humanos han demostrado que esta sustancia aumenta la confianza entre individuos, mejora la selección de aliados dentro de un grupo, incrementa la cooperación entre personas del mismo grupo [1 y 2], facilita la interacción social y también la interacción padre-bebe.

Es decir que se podría plantear la administración rutinaria de oxitocina a la población para que los humanos fuéramos más cariñosos con nuestras parejas, más atentos con nuestros hijos, más empáticos con nuestros vecinos y compañeros de trabajo y más espirituales y religiosos, en una palabra casi un Mundo Feliz al estilo de Aldous Huxley. Sin embargo, la oxitocina tiene un reverso tenebroso al estilo de la fuerza de los Yedi, tal y como demostró otro estudio de doble ciego, ya que los individuos que recibieron esta hormona aumentaron su xenofobia y sus prejuicios etnocéntricos.

En una palabra, menos mal que Donald Trump y los líderes de todas las variantes del cristianismo suelen ser bastante iletrados en materia científica, sino lo mismo empezarían plantearse seriamente añadir oxitocina al agua o a los alimentos, o a administrarla durante los servicios religiosos para que así todos acabáramos siendo un poco más "conservadores" al estilo estadounidense.

En resumen, con todos estos estudios se evidencia de manera cada vez más clara que el complejo comportamiento humano en todas sus variantes, incluso en aquellas que históricamente se han intentado evadir del análisis científico, es una compleja pero totalmente fisiológica respuesta de nuestro cerebro al conjunto de factores tanto intrínsecos como extrínsecos al ser humano y que por tanto ese concepto tan particular del libre albedrío no es más que una creencia filosófica y teológica arrastrado de épocas pretéritas con cada vez menor sustento científico.

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