martes, 22 de noviembre de 2016

Antibióticos: el más que necesario cambio de modelo económico #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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El pensamiento único neoliberal ha conseguido el milagro de convencer a prácticamente toda la Humanidad de que el único valor importante es el precio de las cosas, y que el libre mercado y la siempre insaciable búsqueda de los beneficios empresariales son las inexorables directrices a las que se tiene que supeditar cualquier faceta de la vida humana, sea esta individual o colectiva. Sin embargo esta implacable lógica está más que manchada de sangre.

En la actualidad la más que opresiva visión mercantilista de la vida permite que en nombre de los siempre sacrosantos beneficios empresariales las grandes corporaciones expolien los recursos naturales, contaminen el medio ambiente y exploten de la manera más salvaje a cientos de millones de personas (principal aunque no

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exclusivamente en el Tercer Mundo) en condiciones que en demasiadas ocasiones superan en crueldad los ejemplos sobre esclavitud que relatan los libros de historia.  Pero no voy a comentar los innumerables ejemplos que muestran la perversidad de este más que aceptado (y hasta ensalzado) comportamiento claramente criminal, sino que únicamente voy a centrarme en un ejemplo paradigmático de cómo en nombre de ese libre mercado de naturaleza casi divina se privatizó para beneficio de unos pocos uno de los recursos más valiosos que ha desarrollado el conocimiento científico, de tal manera que por la explosiva mezcla de la siempre inexorable ley evolutiva con nuestro más que irresponsable comportamiento depredador en la actualidad casi lo hemos dilapidado.

Hasta bien entrado el siglo XX, la Humanidad se encontraba a merced de esas siempre letales bacterias. Así por ejemplo Streptococcus pyogenes, uno de los patógenos humanos más comunes y causante de multitud de enfermedades, muchas de ellas con resultados fatales, era responsable de aproximadamente la mitad de todas las muertes inmediatamente posteriores al parto y fue una de las principales causas de mortalidad en las personas que sufrían quemaduras. Otra bacteria muy peligrosa era Staphylococcus aureus, patógeno capaz de producir la muerte en casi el 80% por ciento en los casos de heridas infectadas. O también es bueno recordar que el bacilo de la tuberculosis o las bacterias causantes de neumonía fueron durante milenios asesinos más que despiadados.

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Esta situación empezó a cambiar cuando Alexander Fleming descubrió en 1928 la penicilina, aunque hubo que esperar hasta que los químicos británicos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey acabaran desarrollando allá por los años 40 del siglo pasado un nuevo método de purificación de este antibiótico.

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Como Inglaterra tenía la totalidad de sus infraestructuras industriales dedicadas a las necesidades bélicas, ambos investigadores se trasladaron a los EEUU en donde se pusieron en marcha plantas de producción industrial dedicadas exclusivamente a la penicilina. Durante la II Guerra Mundial los suministros de penicilina se encontraban bajo supervisión militar y únicamente se administraba este antimicrobiano bajo una estricta prescripción médica a aquellos enfermos civiles que lo necesitaran porque su vida peligrara.

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Pero con el fin de la guerra todo cambió, este poderosísimo medicamento comenzó a ser comercializado prácticamente sin control alguno y con ello muy pronto aparecieron los problemas. Y no es que nadie se diera cuenta del peligro que implicaba esa más que errónea "libertad" empresarial, ya que el 21 de junio de 1945 (cuando todavía la contienda no había ni siquiera terminado en el Pacífico) se publicó en el New York Times el artículo "El descubridor de penicilina analiza su futuro" en donde el mismísimo Fleming alertaba:

La mayor posibilidad del mal en la automedicación es el uso de dosis demasiado pequeñas, de modo que, en lugar de aclarar la infección, los microbios se "eduquen" y se genere una resistencia a la penicilina, que puede ser diseminada a otros individuos y tal vez de allí a otros hasta que lleguen a alguien que tenga una septicemia o una neumonía que la penicilina no pueda salvar.

Y esta no era una advertencia meramente hipotética ya que el propio Fleming había observado tempranamente en el laboratorio que la exposición de distintas especies bacterianas a cantidades subterapéuticas de penicilina producía en un corto espacio de tiempo la aparición de cepas bacterianas resistentes a este tan valioso antibiótico.

Es más, siguiendo una ética científica impecable el Dr. Fleming indicaba taxativamente en el mismo artículo que

En tal caso la persona irreflexiva que juegue con el tratamiento de la penicilina es moralmente responsable de la muerte del hombre que finalmente sucumba a la infección por el organismo resistente a la penicilina. Espero que este mal pueda ser evitado.

Pero ¿se tuvieron en cuenta las más que irreprochablemente certeras advertencias del famoso investigador y Premio Nobel? Pues por supuesto que no, el libre mercado siguio su inexorable curso y no sólo las empresas farmacéuticas comenzaron rápidamente su comercialización directa al público al margen de las prescripciones médicas, sino que en una fecha tan temprana como 1950 las penicilinas empezaron a ser utilizadas de manera rutinaria en veterinaria, de tal manera que comenzaron a añadirse como aditivos en el pienso ya que eran una bendición para los ganaderos puesto que reducian drásticamente la morbilidad y la mortalidad de los animales de granja frente a infecciones clínicas, además de producir un más que notable incremento de la tasa de engorde y por tanto, de esos tan ansiados beneficios empresaliales primero de los productores de carne o leche pero también por supuesto el de las empresas farmaceúticas fabricantes de la nueva maravilla médica.

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Y por supuesto en la actualidad, después de más de medio siglo de un desarrollo farmacéutico espectacular que ha dado lugar al descubrimiento o invención de unas veinte clases diferentes de antibióticos se da la terrible paradoja de que lejos de haber eliminado a estos tan insidiosos como resistentes patógenos, sólo en el mundo occidental mueren cada año varios cientos de miles de personas por causa de esas bacterias multirresistentes que han evolucionado rápidamente frente a la presión selectiva del conocimiento y sobre todo de la avaricia humanos.  Miles y miles de muertes que a día de hoy (y tal y como tan certeramente indicaba Fleming hace ya 71 años) deberían ser investigadas como casos de negligencia criminal corporativa y perseguidas como crímenes contra la Humanidad, puesto que matan al año a más personas que muchas guerras.

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Y lo que es todavía más preocupante, en la actualidad nos encontramos cada vez más cerca de un escenario cuasiapocaliptico en donde (si la inventiva científica y las inversiones en I+D en el campo no lo remedian) nos quedaremos más pronto que tarde sin antimicrobianos efectivos, ya que la más que despiadada selección natural sigue haciendo con gran eficacia su incansable trabajo de criba (tal y como viene sucediendo desde hace varios miles de millones de años) para desesperación de los profesionales médicos de los servicios de urgencias hospitalarias de medio mundo.

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