miércoles, 9 de noviembre de 2016

Fabricando neandertales y denisovanos #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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Una de los axiomas casi matemáticos sobre la ciencia es que lo que en una época determinada se considera ciencia ficción, prácticamente imposible o incluso impensable, puede pasar a ser factible en el plazo de un siglo o incluso de una década. Y ello es lo que está ocurriendo en la actualidad, en donde nos encontramos a las puertas de lo que puede ser una de las mayores revoluciones científicas de la Humanidad que puede alterar y hasta remachar el ataúd de la ya de por sí errónea visión que tiene la mayoría de los seres humanos sobre nuestra supuesta superioridad como especie.

A lo largo de la Historia en numerosas ocasiones se ha afirmado con gran seguridad y casi absoluta certeza conocer los límites "infranqueables de la Ciencia". Casi siempre estas más que osadas afirmaciones han venido de legos de todo tipo y variado nivel cultural, aunque algunas veces hasta los científicos han intentado poner límites al futuro desarrollo científico. Quizás uno de los casos más llamativos ocurrió en 1920. Así cuando Dr. Robert H. Goddard  presentó un trabajo en el que describía sus experimentos con cohetes de combustible sólido y las posibilidades que se abrían para explorar la atmósfera de la Tierra e incluso el espacio exterior, el más que prestigioso New York Times publicó un editorial que desautorizaba dichos estudios de forma más que ofensiva ya que se argumentaba que

Después de abandonar la atmósfera, el cohete no podría ni acelerar ni mantenerse constante mediante la explosión del combustible. Asegurar un comportamiento así sería negar una ley fundamental de la dinámica y sólo el Dr. Einstein y su docena de elegidos tienen licencia para hacerlo. Que el profesor Goddard, con el apoyo de Clark College y del Instituto Smithsoniano, no conozca la tercera ley de Newton, ni la necesidad de tener algo mejor que el vacío contra el cual reaccionar es absurdo. Sólo parece carecer de conocimientos altamente difundidos a nivel bachillerato.

Por supuesto, cuando en 1969 el Apolo 11 alunizó en el Mare Tranquilitatis este periódico tuvo que escribir otro editorial retractándose de su más que evidente error.

Pues bien en la actualidad nos encontramos en un momento en el cual algo tan impensable hace unas pocas décadas como poder devolver a la vida a nuestros más cercanos primos: denisovanos y neandertales es posible con la actual tecnología de edición genómica. La ya famosa técnica de la CRISPR-Cas9 permite realizar compleja ingeniería genética de manera rápida y efectiva, de tal manera que se pueden insertar, eliminar o intercambiar grandes fragmentos de ADN en células vivas.

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Si el objetivo es conseguir un genoma completo de neandertal o denisovano funcional listo para ser implantado en un útero CRISPR-Cas9 es la tecnología que se necesita. Primeramente se podría partir de una célula de sapiens con su dotación genética al completo, genoma que consta de unos 3.200 Megapares de bases (pb) de ADN. Ya que tanto el genoma de neandertales como la secuencia del ADN de los denisovanos se han determinado hace algunos años con gran exactitud, se conoce que las diferencias de ellos frente al genoma de un sapiens es de tan sólo el  0,3%, es decir unos 10 Megapb repartidos más o menos al azar por los diferentes cromosomas.

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En un reciente trabajo un grupo de investigadores chinos han conseguido intercambiar fragmentos de ADN del orden de 65 Kilopb con la CRISPR. Si suponemos que los cambios entre los distintos Homo se encuentran distribuidos más o menos al azar por todo el genoma entonces se necesitaría realizar unos 50.000 ensayos de intercambio mediante CRISPR para convertir un genoma humano en su equivalente neandertal o denisovano, algo en principio fuera de lugar. Ahora bien, con esta tecnología se pueden editar a la vez varias docenas de genes por alrededor de unos 1.500 dólares norteamericanos por lo que entonces el número de estos experimentos en bloque se reducirían a unos pocos miles. Por supuesto este experimento está ahora mismo fuera de las posibilidades de un grupo de investigación individual, pero con la creación de un consorcio similar al creado para el Proyecto Genoma humano, bien público o incluso privado (¿hay por ahí un Craig Venter dispuesto a saltar a la fama?), por unas pocas decenas de millones de euros bien se podría realizar esta proeza tecnológica, que sin embargo no necesita de ninguna innovación especial sino que con simple fuerza bruta experimental y el mencionado aporte dinerario daría resultados en unos pocos años.

Y la pregunta que surge sería ¿para qué queremos revivir a esas especies Homo primas nuestras? Y la respuesta es más que obvia, los antropólogos llevan discutiendo años por ejemplo sobre si el aparato fonador de los neandertales les permitiría la riqueza de sonidos que posee el lenguaje humano moderno o si esta especie tenía (o hasta qué

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grado) capacidad simbólica. Todas estas y muchas más preguntas se podrían responder de manera inequívoca y definitiva con la mera existencia de uno o varios neandertales. Y por supuesto la importancia de este experimento sería infinitamente mayor en el caso de los denisovanos, ya que además de su genoma no conocemos más que un diente y par de falanges de un dedo.

Y ya finalmente este experimento tendría una profunda huella en la psique de nuestra más que egocéntrica especie, puesto que si las diferencias entre nosotros y ellos son tan escasas como los actuales datos parecen sugerir ¿en qué lugar quedaría el supuesto culmen de la vida que es esta especie de primates con poco pelo pero con mucha cabeza a la que pertenecemos?

Yo solamente por escuchar a los siempre tan particulares líderes religiosos de las diferentes creencias debatir interminablemente sobre si los neandertales tienen alma, si los denisovanos puede alcanzar el cielo, si Jesucristo murió también por los pecados de nuestros primos o hay que esperar a un Mesías neandertal estaría dispuesto a pagar de mi bolsillo (en el caso de que acertara un Euromillones de los buenos) la realización de este experimento para el que no faltarían científicos, centros de investigación, vientres de alquiler y clínicas de fertilidad más que dispuestos e interesados todos ellos en pasar a los anales de la Historia con mayúsculas.

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