lunes, 28 de noviembre de 2016

Pero ¿qué porquerías compramos? #La ciencia es bella #noticias


Las modas van y vienen, es cosa sabida. Vuelve a las manos de la chavalería el cubo de Rubik, ese curioso artefacto inventado en 1974 por el húngaro Enro Rubik y que, según cuenta la Wikipedia, es el juguete más vendido del mundo.

Yo diría que más que un juguete es un interesantísimo objeto, tanto por su diseño como por su faceta matemática, con sus más de 43 trillones de permutaciones posibles. Afortunadamente se han descubierto diversas maneras de resolverlo, lo que no deja de sorprenderme.

En fin, un objeto muy adecuado como para que mi hijo de trece años se interesara por él, y así sucedió. Total, que sacó unas monedas de la hucha y se dirigió a uno de esos comercios anteriormente conocidos como "todo a 100" y que ahora se reconocen por el origen étnico de los propietarios. Un bazar chino, sí. Vamos, que compró la versión del cubo mas barata que se puede comprar.

No debe sorprender que le saliera el tiro por la culata. Al poco rato de ponerse a dar vueltas a las piezas en las tres direcciones del espacio se le soltó una de las piezas de la esquina. La volvió a colocar y de nuevo se soltó, esta vez en compañía de otra pieza. Al tratar de recomponerlo se le desmontó por completo. Tras varios intentos infructuosos por volverlo a su ser tuvimos que darlo oficialmente por muerto.

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Plástico inservible
Ya comenté más o menos lo mismo por aquí al respecto de algunos regalos promocionales de calidad más que sospechosa, pero me apetece volver a decirlo. Hay cosas que, de verdad de la buena, no valen la pena. Como muchos de esos productos que se venden a precios ridículos. Ya sabéis, eso de que lo barato es caro. Hombre, no sé, si es una figurita de plástico que no tiene otra función que adornar, si a alguien le gusta por espantosa que sea, pues vale. Quién soy yo para meterme con los gustos espantosos de nadie, por supuesto. Pero cuando lo que te llevas a casa tiene un uso un poco más que el contemplativo, pensáoslo bien. Si el cacharro en cuestión tiene que iluminar, cortar, atornillar, rallar, empalmar, descorchar, vibrar, proteger, pegar, sujetar, girar, batir, aislar, etc. hay una alta probabilidad de que no lo haga correctamente. Y en ese caso es probable que la reparación del daño cometido por el artefacto en cuestión sea bastante más caro que un artefacto similar pero bien construido.

No sé por qué, pero me viene a la mente la historia del bacalao escocés, que dicen que llega a viajar más muerto que vivo: se pesca en las frías aguas del Mar del Norte, en el Atlántico, se ultracongela, se envía en barco a China, donde se filetea y se envasa, y vuelve a Escocia donde termina en el plato del vecino del pescador.

Parece que el transporte en contenedores marítimos es algo baratísimo... en cuanto a los costes económicos:

"En un contenedor de 33 metros cúbicos se pueden empacar 1.000 patinetas, o 10.000 pares de jeans, o 13.000 teléfonos inteligentes. El costo para transportarlo por unidad: una patineta US$1,50, un par de jeans 15 centavos, el teléfono unos 10 centavos".

Según el mismo artículo, en cada momento hay 6 000 buques en los océanos con 20 millones de contenedores, 6 000 monstruos transportando de todo y quemando hasta cien mil kilogramos de combustible al día (cada uno de ellos), con el grandísmo coste medioambiental que ello supone.

¿Y qué transportan? De todo. Como bacalao escocés o cubos de Rubik que no se pueden resolver porque su vida media lo impide. El juguete que compró mi hijo se fabricó, probablemente, en una población del interior de China, quizá a centenares o a miles de kilómetros del puerto donde embarcó. Antes de llegar a ese puerto hubo que llevar a la fábrica las materias primas para fabricarlo, el cubo y el envoltorio, mayormente derivados del petróleo. Es probable, además, que la energía que empleó la fábrica proviniera de fuentes no renovables, quizá de una central térmica de carbón. Desde ahí viajó a la costa, para iniciar una singladura que iba a durar casi un mes para llegar a un puerto europeo, quizá Amberes, o Valencia... En fin, el juguete en cuestión terminó en Tafalla, que os aseguro que no tiene acceso al mar; aún necesitó al menos un nuevo transbordo.

No es la primera vez que vivo la experiencia de tirar a la basura algo cuyo origen está en el otro extremo del mundo y que tiene un precio irrisorio (lo que se explica en gran medida por las deplorables condiciones laborales de quienes lo manufacturan).  Algo que ha consumido recursos valiosos (plásticos, metales, tecnología, horas de trabajo, combustible...) y cuya estúpida e inútil vida ha tenido un impacto inmerecido en el medio ambiente. Pa ná, que decía aquel.

En fin, que otro gallo nos cantaría si fuéramos un poco más racionales también a la hora de comprar. Pero claro, el que esté libre de pecado...

Por cierto, mi hijo tiene un nuevo cubo de Rubik. Y le ha costado más pasta que el anterior. Espero que haya tomado nota de la experiencia.