martes, 15 de noviembre de 2016

Un antiguo ejemplo de cómo la ciencia convierte en ateos "de facto" a los más piadosos creyentes #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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Aunque en principio la existencia de científicos religiosos pueda parecer una completa contradicción puesto que no puede haber nada más incompatible entre sí que Ciencia y Religión, el misterio se desvela y la aparente paradoja desaparece en cuando se analiza con rigor la forma de trabajar y sobre todo de pensar de esos aparentes investigadores creyentes, puesto que en su quehacer diario no tienen cabida alguna esos supuestos dioses omnipresentes. Por ello, para cualquier observador imparcial surge una inevitable conclusión: los científicos religiosos lo son sólo nominalmente y ¡hay de aquellos que intenten trasladar sus creencias al laboratorio! pues están más que abocados al más estrepitoso fracaso.

Y un más que interesante ejemplo de como los creyentes abandonan rápidamente sus supuestas creencias en cuanto tienen que abordar un desafío racional lo expone muy adecuadamente el historiador israelí Yuval Noah Harari en su más que interesante libro "Sapiens: de animales a dioses". Les dejo con el relato.

En 1744, dos pastores presbiterianos de Escocia, Alexander Webster y Robert Wallace, decidieron establecer un fondo de seguro de vida que proporcionara pensiones a las viudas y huérfanos de pastores muertos. Propusieron que cada uno de sus pastores de la Iglesia aportara una pequeña porción de su salario al fondo, que invertiría el dinero. Si un pastor moría, su viuda recibiría los dividendos de los intereses del fondo. Ello le permitiría vivir confortablemente el resto de su vida.

Pero para determinar cuánto tenían que pagar los pastores para que el fondo tuviera dinero suficiente para cumplir con sus obligaciones, Webster y Wallace tenían que poder predecir cuántos pastores morirían cada año, cuántas viudas y huérfanos dejarían y cuántos años sobrevivirían las viudas a sus maridos.

Tome nota el lector de lo que no hicieron los dos sacerdotes. No rezaron a Dios para que les revelara la respuesta. Tampoco buscaron una respuesta en las Sagradas Escrituras o entre las obras de los teólogos antiguos. Y tampoco se enzarzaron en una disputa teológica abstracta. Al ser escoceses, eran tipos prácticos. De modo que contactaron con un profesor de matemáticas de la Universidad de Edimburgo, Colin Maclaurin. Los tres recopilaron datos sobre la edad a la que moría la gente y los usaron para calcular cuántos pastores era probable que fallecieran en cualquier año concreto.

Su obra se basaba en varios descubrimientos recientes en los ámbitos de la estadística y las probabilidades. Uno de ellos era la ley de los grandes números, de Jakob Bernoulli. Bernoulli había codificado el principio de que, aunque podía ser difícil predecir con certeza un único acontecimiento, como la muerte de una persona concreta, era posible predecir con gran precisión el resultado promedio de muchos acontecimientos similares. Es decir, aunque Maclaurin no podía usar las matemáticas para predecir si Webster y Wallace morirían al año siguiente sí que podía, si disponía de datos suficientes, decirles a Webster y Wallace cuántos pastores presbiterianos en Escocia morirían al año siguiente, casi con total certeza. Por suerte, disponían de datos al respecto que podían usar. Las tablas de actuarios publicadas 50 años antes por Edmond Halley resultaron ser particularmente útiles. Halley había analizado los registros de 1.238 nacimientos y 1.174 muertes que obtuvo de la ciudad de Breslau, Alemania. Las tablas de Halley hicieron posible ver que, por ejemplo, una persona de 20 años de edad tiene una probabilidad entre 100 (1:100) de morir en un determinado año, pero que una persona de 50 años tiene una probabilidad de 1:39.

Después de procesar estos números, Webster y Wallace concluyeron que, por término medio, habría 930 pastores presbiterianos vivos en cualquier momento dado, y que un promedio de 27 pastores morirían cada año, y que a 18 de ellos les sobreviviría su viuda. Cinco de los que no dejarían viudas dejarían huérfanos, y dos de los que tendrían viudas que les sobrevivirían dejarían asimismo hijos vivos de matrimonios previos que todavía no habrían alcanzado los dieciséis años de edad. Calcularon además cuánto tiempo era probable que transcurriera hasta que las viudas murieran o se volvieran a casar (en ambas eventualidades, el pago de las pensiones cesaría). Estas cifras permitieron que Webster y Wallace determinaran cuánto dinero tenían que pagar los pastores que se incorporaran a su fondo para proveer a sus personas queridas. Contribuyendo con 2 libras, 12 chelines y 2 peniques al año, un pastor podía garantizar que su esposa viuda recibiera al menos 10 libras al año, una gran suma en aquella época. Si creía que esto no sería suficiente, podía escoger pagar más, hasta un máximo de 6 libras, 11 chelines y 3 peniques al año, lo que garantizaría a su viuda la cantidad todavía mejor de 25 libras al año.

Según sus cálculos, el Fondo para la Provisión para las Viudas e Hijos de los Pastores de la Iglesia de Escocia tendría, para el año 1765, un capital total de 58.348 libras esterlinas. Sus cálculos resultaron ser asombrosamente exactos. Cuando llegó aquel año, el capital del fondo se elevaba a 58.347: ¡solo una libra menos que la predicción! Esto era mejor incluso que las profecías de Habacuc, Jeremías o san Juan. Hoy en día, el fondo de Webster y Wallace, conocido simplemente como Viudas Escocesas, es una de las mayores compañías de pensiones y seguros del mundo. Con activos por un valor de 100.000 millones de libras, asegura no solo a las viudas escocesas, sino a quienquiera que esté dispuesto a comprar sus planes de pensiones.

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La moraleja de toda esta historia es más que evidente. A pesar de su supuesta piedad cristiana este par de sacerdotes presbiterianos actuaron en la práctica como buenos científicos ateos. Primero ya que consideraron como única hipótesis de partida (luego certeramente corroborada por las estadísticas) que las muertes de los pastores de su iglesia obedecerían únicamente al más puro azar biológico representado por la ley de los grandes números, conjunto de teoremas sobre matemática combinatoria y probabilística, cuya primera codificación rigurosa fue expuesta por el famoso matemático del siglo XVII Jakob Bernoulli  en su magna obra "Ars Conjectandi" tal y como indica Harari.

Segundo, porque también supusieron de partida (de manera totalmente herética para su tiempo) que tanto el designio como los caprichos más que corroborados en la Biblia de su venerado dios no tendrían efecto alguno sobre la vida de sus supuestos representantes terrenales.

Tercero, además cometieron otro gran pecado teológico, igualaron la esperanza de vida de sus más que elegidos miembros de su selecta congregación de representantes de la única y verdadera fe, la Iglesia Reformada de Escocia con las estadísticas recopiladas sobre

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nacimientos y muertes de los habitantes de Breslau, es decir con los zapateros, carniceros, agricultores o vendedores de pescado que habitaban esa ciudad de la Silesia prusiana y que por no ser escoceses reformados como ellos serían unos herejes y unos impíos de tomo y lomo, además de grandes pecadores.

Y cuarto: es más, si hubieran pensado como buenos creyentes que se les supone deberían ser, estos clérigos tendrían que haber afinado sus previsiones teniendo en cuenta el grado de religiosidad de sus compañeros y así haber buscado correlaciones entre esperanza de vida y virtuosismo cristiano, de tal manera que los pastores más piadosos deberían haber pagado menos prima anual al seguro, porque evidentemente su esperanza de vida debería ser mayor (siempre y cuando existiera su dios) que la de otros miembros más disolutos o impíos del clero de la Iglesia Reformada Escocesa. Ello sería así porque en buena lógica cristiana los sacerdotes más piadosos tendrían muchas menos probabilidades de enfadar a ese siempre tan particular diosecillo judeocristiano, que ya sabemos por la Biblia como las gastaba cuando se le llevaba la contraria.

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En resumen, este tan temprano ejemplo del siglo XVIII muestra muy a las claras que, independientemente de las creencias nominales, únicamente pensando y actuando como ateos es como los científicos consiguen desentrañar los misterios de la Naturaleza y así hacer predicciones más que acertadas a años o incluso décadas vista como fue el caso que nos ocupa. Y que por tanto, tal y como rebela el también antiguo y ya más que famoso dialogo entre Laplace y Napoleón tras el discurso del primero sobre las variaciones de las órbitas de Saturno y Júpiter

Napoleón:  ¿Cómo explicáis todo el sistema del mundo, dais las leyes de toda la creación y en todo vuestro libro no habláis una sola vez de la existencia de Dios?

Laplace: Señor… no tuve necesidad de tal hipótesis.

Dios es innecesario para la Ciencia.

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