martes, 10 de enero de 2017

Corriendo la maratón de Nueva York con un saco de piedras a la espalda #La Ciencia y sus Demonios #noticias


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Una de las más extrañas paradojas de la siempre compleja mente humana es la existencia de científicos religiosos, personas que en su quehacer diario se atienen a la lógica más rigurosa mientras que por otra parte luego son capaces de asumir las más disparatadas alucinaciones.

Un investigador es una persona que día tras día se afana en su trabajo en desentrañar la realidad: pensando, razonando, estudiando, proponiendo hipótesis y realizando experimentos del más variado tipo para, con bastante tesón y una nada despreciable parte de suerte, extraer conclusiones de cómo funciona el mundo. Sin embargo cuando el científico es una persona religiosa, después de su habitualmente larga y más que agotadora jornada laboral semanal debe acudir luego el día de guardar a su iglesia, sinagoga, mezquita o templo a rendir necio homenaje al dios elefante, a cortar sádicamente un pedazo del pene de su hijo recién nacido para mostrar la debida devoción, a asumir estúpidamente que una zarza ardiente por mediación de una paloma sideral fecundó a una virgen judía, a dejar morir como sacrificio a su vástago en el caso de que necesitara una transfusión sanguínea, a asegurar alucinadamente que los humanos somos un experimento genético de alienígenas todopoderosos o a creerse ignorantemente que un beduino pederasta subió al cielo montado en un blanco corcel ya que todo ello está escrito en viejos y mohosos libros que recopilan las más dementes alucinaciones que haya podido pergeñar la muchas veces disparatada mente humana.

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Y ya si encima es mujer, este investigador tiene que considerarse además a sí misma un ser inferior, impuro, pecaminoso y prácticamente débil mental que, aunque pueda estar desentrañando durante su jornada laboral los misterios más complejos del Universo o de la Vida, necesitará en todo momento del siempre sabio consejo paterno o de la más que necesaria guía marital de su santo esposo y dueño para poder desenvolverse en el actual mundo hipertecnológico con las más que estúpidas reglas ideadas por unos analfabetos dementes que vivieron hace 400 o 4.000 años.

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Es por ello que el célebre científico Jacques Monod afirmara en su momento (más que acertadamente) que un investigador religioso es un esquizofrénico que como el inmortal personaje dual de Stevenson de lunes a jueves es un Dr. Jekyll cerebral y racional, mientras que los viernes, sábados o domingos (que ya sabemos que cada dios tiene su particular día) se convierte en un patético Mr. Hyde de lo más irracional capaz asumir los mayores disparates.

Sobre esta dicotomía quizás se pueda  hacer otra analogía basada en el deporte. Los investigadores serían como esos atletas de élite que se preparan concienzudamente durante años y aprovechan todas sus cualidades al máximo para sobrepasar todos sus límites, mientras que los científicos religiosos serían el equivalente a unos locos deportistas que decidieran competir en las Olimpiadas llevando un saco de piedras de diez o doce quilos a la espalda, quizás alguno de estos últimos consiga una buena marca o incluso hasta un record o una medalla olímpica, pero entonces la pregunta que surge es ¿qué no hubiera podido conseguir este atleta sin esa pesada carga?

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Y este sería el caso del más que brillante Newton, ejemplo expuesto una y mil veces como la perfecta justificación de la existencia de investigadores religiosos. Newton ha sido uno de los grandes genios de la Humanidad recordado por sus más que encomiables

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logros científicos en los más diversos campos del saber. Sin embargo Newton dedicó gran parte del tiempo y esfuerzos de su vida a la infructuosa y más que imposible justificación del cristianismo, en su caso de la variante arriana, mucho más tiempo y empeño que a la Ciencia, ya que según diversos historiadores que han analizado su obra, Newton escribió alrededor de un millón de palabras sobre temas científicos mientras que sus delirantes y más que estériles devaneos teológicos suman la impresionante cifra de casi millón y medio de palabras escritas, y al final ni siquiera su brillante mente fue capaz de encontrar lógica alguna al sinsentido cristiano de si dios es uno (como él pensaba), es trino (como la actual ortodoxia afirma), un múltiplo de π o el infinito. Por cierto a lo largo de su vida Newton realizó varias predicciones sobre el Día del Juicio Final, fecha que ha obsesionado a los cristianos durante dos largos milenios, determinando que ese fatídico día podía llegar en los años 2016, 2034 o 2060, decantándose por esta última fecha en su libro "Observaciones sobre las profecías de Daniel y el Apocalipsis de San Juan". Esperemos que sus cómputos teológicos no sean tan exactos como sus cálculos matemáticos, porque si no habría que ir pensando en dejar de pagar la hipoteca.

Así que finalmente ¿qué no hubiera conseguido este genio si hubiera podido ser educado en el más que sensato racionalismo ateo, pudiendo entonces haber dedicado todo su tiempo y su privilegiada mente al pensamiento científico sin esa estéril búsqueda de las más que inexistentes "leyes" bíblicas que le obsesionó durante toda su vida?

P.D.

Esta entrada es una actualización de otra previa publicada en mi blog personal hace algún tiempo.

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