martes, 9 de mayo de 2017

Sal, enfermedades cerebrovasculares y evolución en acción #La Ciencia y sus Demonios #noticias


Una de las grandes paradojas del actual mundo occidental es que mientras hemos desterrado o al menos controlado a esos más que mortales patógenos que durante milenios han exterminado de la manera más cruelmente efectiva a nuestros antepasados hay una imparable ascensión de enfermedades que hace un par de siglos casi no existían.

El más que didáctico Jared Diamond, un biólogo evolutivo que se ha pasado media vida estudiando culturas preindustriales, sobre todo en Papúa Nueva Guinea nos explica en su más que interesante libro "Sociedades comparadas" la actual epidemia occidental de enfermedades cerebrovasculares.

Para los estadounidenses la sal es algo que sale de los saleros, que se obtiene sin esfuerzo y con poco dinero y que está disponible prácticamente de forma ilimitada. Esto contrasta con lo difícil que era obtenerla durante la mayor parte de la historia. Salvo en las costas, en la mayoría de los sitios el entorno natural apenas ofrece sal. Por ejemplo, mis amigos de Nueva Guinea me han contado cómo se conseguía la sal antiguamente, antes de la llegada de los colonos europeos. Los neoguineanos recogían las hojas de una planta de la selva que, según habían descubierto, contenía más sal que otras. Encendían un fuego para quemarlas y reducirlas a cenizas, que a continuación recogían. Eran cenizas saladas, pero también contenían sustancias amargas y sabían fatal. Por eso los neoguineanos las disolvían en agua y las hervían a fin de que la sal se concentrara y el agua se evaporara. Repetían un par de veces este proceso de concentración y evaporación. Al final, tras mucho esfuerzo, tenían un montoncito de cenizas saladas y todavía un tanto amargas.

Por tanto, los neoguineanos tradicionales deseaban la sal pero no tenían mucha que comer. La ingesta diaria media de sal entre los neoguineanos de las tierras altas con una forma de vida tradicional es de 50 miligramos. Entre los

pueblos tradicionales de todo el mundo, se sitúa entre los 50 miligramos y los 2 gramos diarios. En cambio, el consumo de sal del estadounidense medio es de unos 10 gramos al día. Resulta impresionante comparar la sal que contiene un solo plato estadounidense con la ingesta mensual o anual de un neoguineano tradicional. Por ejemplo, una hamburguesa Big Mac contiene 1,5 gramos de sal; es decir, la cantidad que un neoguineano tradicional toma al mes. Una lata de sopa de pollo con fideos contiene 2,8 gramos; es decir, lo que un neoguineano tradicional ingiere en dos meses. El plato con mayor contenido de sal de que tengo noticia es el de fideos picantes que se sirve en un restaurante asiático de Los Ángeles: contenía 17 gramos de sal. Ese único plato de pasta tiene una cantidad de sal igual a la que un neoguineano tradicional ingiere durante un año.

Muchos datos demuestran que el consumo de sal es el principal factor de riesgo en muchos casos de presión arterial elevada, también conocida como hipertensión, que puede conducir a un accidente cerebrovascular mortal. Por ejemplo, la ingesta de sal más elevada que conozco en el mundo es la de la prefectura de Akita, en el norte de Japón: el habitante medio consume 27

gramos diarios, una cantidad que triplica la ingesta media de europeos y estadounidenses. Hay constancia de que un hombre de esa prefectura tomaba un promedio de 61 gramos de sal diarios. Eso significa que al cabo de doce días se habría acabado un paquete de sal de 700 gramos. Esta elevada ingesta de sal se correlaciona con el hecho de que los habitantes de la prefectura de Akita presentan el índice más elevado de hipertensión y accidente cerebrovascular mortal de todas las poblaciones del mundo que se conocen. En Akita, la causa principal de muerte es el accidente cerebrovascular, que en otras sociedades occidentalizadas se sitúa detrás de la diabetes, las enfermedades cardíacas y el cáncer.

No todas las hipertensiones están relacionadas con la sal. Algunas personas la sufren por razones ajenas a su consumo. Así pues, los médicos hablan de hipertensión sensible a la sal y de hipertensión no sensible a la sal. Por otra parte, ni siquiera la primera se debe por completo a la ingesta de sal, sino que en ella también inciden factores genéticos: con el mismo consumo de sal, unas personas son más propensas que otras a presentar hipertensión. En estudios realizados por genetistas se han identificado muchos de los factores genéticos por los que ciertas personas son más propensas a padecer una hipertensión relacionada con el consumo de sal. Resulta que un buen número de esos factores genéticos son los responsables de la reabsorción de sal por parte de los riñones.

¿Por qué iban nuestros genes a programarnos para que los riñones reabsorban la sal, si la acumulación de esta sustancia nos predispone a morir de hipertensión o accidente cerebrovascular? Puesto que la evolución por selección natural tiende a eliminar los genes nocivos, cabría esperar que los que propician una acusada absorción de sal por parte de los riñones hubieran desaparecido.

La explicación es que, aunque la absorción de sal por parte de los riñones es perjudicial hoy en día, con una forma de vida occidental, habría sido ventajosa en el pasado, cuando la gente vivía de modo tradicional. En la actualidad, con un acceso prácticamente ilimitado a los saleros, el principal problema que plantea la sal no es obtenerla, sino librarse de ella. Pero para los pueblos tradicionales del pasado, y para los que hoy en día continúan llevando formas de vida tradicionales, el problema no es librarse de ella, sino conseguirla en cantidad suficiente, como hemos visto en el ejemplo de los grandes esfuerzos que en el pasado realizaban los neoguineanos de las tierras altas para obtenerla de las hojas de una planta. Cuando el cuerpo no puede conseguir o retener suficiente sal, suele sufrir espasmos debidos a la pérdida de sal con el sudor o en trastornos como la diarrea y la disentería. De ahí que para los pueblos con formas de vida tradicionales fuera una ventaja, no un inconveniente, que los riñones conservaran la sal. La selección natural favoreció los genes de la retención renal de sal. Solo en la época contemporánea, con la disponibilidad generalizada de los saleros, esos riñones que conservan la sal han dejado de ser una ventaja para convertirse en un inconveniente.

Nos encontramos, por tanto, ante una paradoja. En el pasado los riñones que retienen la sal nos ayudaban a sobrevivir; ahora contribuyen a matarnos porque ha cambiado nuestra forma de vida, sobre todo la ingesta de sal. Un ejemplo de esta paradoja es la población afroamericana de Estados Unidos. Es la más propensa del país a padecer hipertensión relacionada con la sensibilidad a la sal. Si comparamos grupos de estadounidenses emparejados por consumo de sal, veremos que el que presenta un índice mayor de hipertensión relacionada con la sal es el de los afroamericanos. ¿Acaso hay algo en su historia evolutiva que explique esa tendencia a la hipertensión sensible a la sal?

No estamos seguros de cuál es la explicación, pero a continuación indicamos la conjetura que se ha planteado. Pensemos en la historia de la población afroamericana. Proviene de África, principalmente del interior del continente, de zonas alejadas de la costa, donde, para empezar, al igual que en las tierras altas de Nueva Guinea, no había mucha sal. Los esclavos eran capturados por cazadores locales, conducidos a pie hasta la costa en condiciones climáticas tórridas y encerrados en barracones del litoral, donde sufrían todavía más calor, a la espera de que llegaran los barcos negreros. Durante todo ese tiempo no dejaban de sudar y perder sal, y seguramente algunos morían por los espasmos producidos por la carencia de esa sustancia. A continuación se les llevaba a la bodega del barco, con un calor igualmente sofocante, de modo que sudaban a lo largo de toda la travesía hasta el Nuevo Mundo, que duraba varias semanas. Las condiciones higiénicas de los buques eran espantosas. Las causas de muerte más habituales en las travesías de los esclavos eran la disentería y las enfermedades infecciosas asociadas a la falta de higiene. La disentería implicaba una pérdida de sal aún mayor debida a la diarrea, a lo cual habría que añadir la pérdida de sal a través del sudor generado por el calor. Cuando los esclavos llegaban al Nuevo Mundo, se les volvía a encerrar en barracones antes de conducirlos a pie a las plantaciones, donde debían trabajar bajo el calor y en condiciones insalubres.

Todo esto significa que una de las principales causas de muerte entre los esclavos era la pérdida de sal debida a la sudoración o la diarrea. Aquellos cuyos riñones no eran especialmente eficientes en la retención de sal solían fallecer por la pérdida de esa sustancia.

Solo tenían posibilidades de sobrevivir aquellos con riñones que retuvieran mejor la sal. De ahí que con toda probabilidad la historia de la trata de esclavos seleccionara a personas cuyos riñones tuvieran una capacidad enormemente elevada de retener sal, mucho mayor que la de otras poblaciones humanas. Los riñones con esa capacidad eran esenciales para sobrevivir en condiciones de esclavitud. Sin embargo, hoy en día, cuando los descendientes de esos esclavos tienen un acceso ilimitado a la sal, sus riñones, antes beneficiosos, conducen a tasas mayores de hipertensión arterial relacionada con la sal y de accidente cerebrovascular.

Entradas relacionadas: