domingo, 18 de junio de 2017

La medicina integrativa tiene muchos nombres #e-ciencia #noticias


Hace ya algún tiempo que a algunos nos toca bregarnos con la incomprensión y el ostracismo

local en defensa de la razón. Se confunden términos cuando se aduce que la libertad individual, en este caso en la elección de terapias con las que tratar el propio cuerpo, está por encima de otras consideraciones sociales, como el hecho de que  se sufrague la pseudociencia con dinero público o, de una forma más velada y sin aportaciones pecuniarias directas, se dé pábulo desde centros de salud del sistema sanitario público –o en sus aledaños, con clínicas cobijadas en edificios anejos a hospitales- a las llamadas ahora terapias integrativas. El debate está servido. ¿Racionalistas de Terrassa y del mundo? ¡Que pasen y que coman!

Así como el diablo tiene muchos nombres según la mitología, así mutan los nombres de las terapias pseudocientíficas. Las otrora terapias  "alternativas", cuando ya se pasó de moda que fuesen alternativa de la medicina contrastada empíricamente, no hace mucho tiempo pasaron a ser "complementarias", no vaya a ser que alguien se confunda y abandone un tratamiento con base científica y luego le caiga un pleito y la inhabilitación correspondiente al médico o terapeuta (aunque "el vivo al bollo y el muerto al hoyo", los familiares ya no recuperarán nunca al paciente que murió por culpa de prácticas pseudocientíficas).

Porque, claro está, los tratamientos alternativos si son "sustitutivos", e implican entonces el reemplazo de un tratamiento previo, son más arriesgados para el que los propone, principalmente por dos motivos:

- Si no funcionan y algo sale mal (empeora la salud del paciente), entonces el médico o terapeuta puede ser objeto de una demanda o su inhabilitación. Se le puede caer el pelo y sabe que no le conviene...

- Si no funcionan y el paciente no desmejora o sigue, digamos, igual de mal, entonces queda en evidencia la ineficacia del tratamiento y, con ella, la charlatanería del terapeuta en cuestión.

Es siempre mucho mejor proponer tratamientos (¡tachán! ¡Ahora toca innovación lingüística! redoble de tambores…) "integrativos". Lo complementario y lo alternativo siguen en la consciencia lingüística colectiva y se seguirán empleando en los próximos años, pero seguro que lo integrativo ha llegado para quedarse y reemplazar en la terminología pseudocientífica a todos los anteriores.  También en lo terminológico se seguirán usando las terapias "naturales", como si los fármacos fueran "química" o una aberración de otra dimensión (¿acaso no son sustancias químicas todas las presentes en la naturaleza?);  las "cuánticas", cuando entran en juego variables ocultas de lo más profundo del universo atómico y por tanto nunca se podrá saber cómo funcionan o no (o, dicho de otra forma, el origen del timo), ; las "energéticas" porque todo es energía y hay que equilibrarla, ¿no?, como el agua de luz; o, por acabar un listado que daría para una tesis de etimología, las terapias "bioneuroemocionales", todo sea ir añadiendo sufijos de moda y el "bio", por sus implicaciones ecológicas, y el "neuro" (¿estamos en la era del cerebro, ¿no?) junto con las emociones son una combinación ganadora, un filón mediático.

La ventaja de las terapias integrativas es que se camuflan muy bien. Se integran muy bien, diríamos redundantes. Tienen en cuenta todo, dicen.  Suman todos los nombres anteriores, todo lo que a uno le dé la real gana. Se venden como un equilibrio aristotélico en el que hacer "que convivan las terapias convencionales y las no convencionales". Y, sobre todo, evitan el pleito y la inhabilitación si no se reemplaza el tratamiento convencional. Usted no deje el tratamiento que le ha asignado su médico: integre la nueva terapia en su vida. No tiene nada que perder (salvo algo de dinero, por supuesto). Es una terapia "no convencional", será que es algo "exclusiva". ¿O será que no está demostrada científicamente?

En todo caso, si funciona el tratamiento llamado "convencional" (ese que ha debido pasar por la criba científica, por las duras pruebas de los estudios y ensayos clínicos) mientras usted está siendo tratado a la vez por la terapia integrativa, nunca sabrá si esta última tuvo algo que ver con su curación. Porque quizá fue ese denostado tratamiento "convencional" el que le salvó la vida, pero ser convencional no mola, y siempre después, en la salud y el jolgorio de una cena de celebración, da más juego explicar las vicisitudes de ese raro y nada convencional tratamiento que le ayudó, que quizá le costó una pasta pero "valió la pena" (ni que fuese por su efecto placebo que le ayudó a sentirse mejor), porque si no es en la salud ¿en qué se gastaría uno el dinero?

Será que siempre he sido un tipo convencional. Me atraen las convenciones estadísticas de los ensayos clínicos, esos que han pasado filtros de dobles ciegos, de p-valores de 0.01 mejor que de 0.05. Esas investigaciones en las que muchos científicos convencionales no conocen fines de semana ni festivos, cuando de repente se vuelcan en su ordenador a escribir porque les vino una idea, a elaborar sus artículos para que cuanto antes empiecen los ensayos. No hay tiempo que perder y lo saben. A los enfermos puede quedarles poco margen.

Déjenme innovar lingüísticamente al final. Me quedo con las convenciones de la medicina tradicional milenaria occidental europea (¡toma ya!):

  • La convencional, para abreviar, porque se ha generalizado la sanidad universal en muchos países, en aquello que llamamos en algunos afortunados lugares del planeta "seguridad social".
  • La humilde, porque no lo cura todo, por desgracia.
  • La perseverante, porque no cejará en su empeño.
  • La científica, porque es la medicina fruto de la ciencia, la que tras siglos de investigación nos ha llevado a grandes éxitos, a la que no le sirve el "a mí me funciona" como explicación a sus resultados.
  • La incomprendida por buena parte de una sociedad confundida a la que se siembra de desinformación, de cortinas de humo de terminología como la que he intentado presentar aquí.

Dejaré lo integral para el pan y lo integrativo para el análisis de su uso lingüístico en los próximos años.

¡Ah! Todo esto venía a que resulta que en Terrassa, bajo el paraguas de un hospital público y, como sucede con la buena pseudociencia, bien camuflado entre otros servicios de salud como la odontología, la oftalmología, las pruebas genéticas o la cirugía estética, se ofrecen servicios de medicina integrativa (con unidades que ya existían de acupuntura, medicina energética, homeopatía…).  Se dice que hay médicos que prescriben y recetan en esas áreas. No son médicos convencionales, claro está. ¿Integrativos? Seguro, les va la inhabilitación.

 

Material complementario: Lea aquí el Documento de Posición del Consejo de Colegios de Médicos de Cataluña EL ENFERMO CON CÁNCER. LOS TRATAMIENTOS ONCOLÓGICOS Y PALIATIVOS, LAS TERAPIAS SIN EVIDENCIA CIENTÍFICA Y LAS PSEUDOCIENCIAS