martes, 6 de junio de 2017

Mapas medievales para no perderse en la búsqueda del Edén #e-ciencia #noticias


Mapa del monasterio de Ebstorf.

El doctor Jones ensambla el antiguo medallón en la punta del báculo. Mientras Sallah monta guardia en la boca de la Cámara de Mapas –para burlar la vigilancia de los nazis que custodian el yacimiento–, "Indy" descifra un jeroglífico, fija el bastón en la coordenada exacta y deja que el sol de primera hora de la mañana se cuele a través del ojo del medallón. De la pieza de bronce brota un potente chorro de luz que desvela el punto en el que se oculta el Pozo de las Almas. Allí, en su interior, descansa la codiciada Arca de la Alianza. La escena –de Raiders of the Lost Ark, una de las cintas más célebres del cine de aventuras– quizás hubiese sido bastante menos épica si en vez de los egipcios, el arca con las tablas del monte Sinaí la hubiesen ocultado los españoles o franceses de la alta Edad Media. La razón: su peculiar forma de entender la cartografía. Empapados de teología cristiana, supersticiones y una rica narrativa fantástica, los europeos del Medioevo desarrollaron lo que algunos autores han bautizado como "mapas-dogma": mapamundis en los que el relato bíblico desempeña un papel crucial. Tanto, que en ellos no es extraño encontrar representados el Paraíso Terrenal, la Torre de Babel o el temido pueblo de Magog. Su objetivo no era el de ubicar de forma precisa dónde se encontraban esos escenarios e hitos bíblicos. Ni siquiera importaba diferenciar claramente lo real de lo irreal. Lo crucial en estos planos era inculcar un mensaje religioso, "reconocer en la realidad aquello que la imaginación y la tradición daban por cierto", en palabras del profesor Jesús Mª Porro Gutiérrez. Quién sabe… Si Indiana Jones buscase el Arca de Noé, por ejemplo, y dispusiese de uno de estos mapamundis, tal vez se hubiese ahorrado el numerito con el báculo y el medallón. Con echar un vistazo al plano tendría al menos una idea aproximada de dónde empezar a excavar.

Como muchas otras ramas del saber, la cartografía disfrutó de un importante impulso al amparo de las civilizaciones helénica y romana. En el Mileto del siglo VI a de C. nació la Geografía como ciencia. Sabios como Tales, Anaximandro o Hecateo –autor este último del que se considera el primer ejemplo "moderno" de cartografía– le dieron un impulso crucial. Sin embargo, al igual que otras tantas disciplinas científicas y artísticas, todo ese desarrollo se frenó en seco tras la caída del Imperio Romano y la expansión de los pueblos germanos. El cambio de era removió los cimientos del saber cartográfico. Como recuerda Porro Gutiérrez, el auge del cristianismo durante los primeros años del Medioevo llevó a cuestionarse el principio mismo de la esfericidad terrestre: "El concepto de una tierra plana, apoyada en las aguas inferiores y cubierta por las de la bóveda superior, encima de los cielos, fue muy sugerente para los primitivos padres de la Iglesia por su simbolismo religioso". Los autores europeos vuelven así a las crónicas de Solino, Macrobio o Marciano Capella, con pasajes que promueven una "visión geográfica sobrenatural".

Las descripciones físicas precisas y la búsqueda del detalle exacto pierden interés en favor de consideraciones simbólicas. Para los autores cristianos lo importante no es elaborar planos rigurosos, sino sacar el máximo provecho a la cartografía como un instrumento al servicio de la religión. Ese enfoque no solo se aprecia en las referencias a escenarios bíblicos –como el Arca de Noé, la Torre de Babel o Gog y Magog– sino en la misma concepción del orbe, que se ajusta de forma literal a lo que recogen las Sagradas Escrituras. Dos ejemplos: fiel al pasaje del profeta Ezequiel 5:5 ("Esto dice el Señor Dios: 'Todo esto se refiere a Jerusalén. La establecí en medio de las naciones, rodeada de países'") Jerusalén se situaba en el centro de los mapamundis, que se representaban con una circunferencia. Del mismo modo, para respetar el versículo del Génesis 2:8 ("El Señor plantó un jardín al Este en el Edén"), el Paraíso Terrenal se dibujaba en el Este, en la parte superior del orbe. En el interior de esa circunferencia se fijaban tres grandes masas de tierra: Europa, África y Asia –los continentes asignados a los hijos de Noé: Sem, Cam y Japhet–. Cada una de ellas permanecía delimitada por por tres mares. Asia estaba separada de África por el Nilo y de Europa por el Don (Tanais). Ambos ríos formaban la parte superior de una letra "T" imaginaria, mientras el Mediterráneo, que mantenía alejados Europa y África, componía su segmento vertical. La "O" en la que se enmarcaba esa "T" horizontal la formaba el Océano exterior, que se dibujaba como un gran círculo. Por esa peculiar composición estos mapas se conocen como "Mapa de T en O", "Mapa de rueda" o "discarios". Ese modelo "tripartito", con los tres continentes, ya era empleado en la antigüedad greco-romana. Norman J.W. Thower recuerda que su estructura cartográfica recoge conceptos como las nociones ejemplificadas por Crates. El detalle que caracteriza las elaboraciones medievales es su profunda y elaborada carga teológica, lo que les lleva –entre otras cuestiones- a fijar a Jerusalén en su mismo centro.

La introducción de este tipo de representaciones se atribuye a un español: el obispo Isidoro de Sevilla (c. 560-636 d.C.). Prueba de su influencia es que su libro Las Etimologías, en el que publicó su mapamundi de modo esquemático, se imprimió por primera vez en 1472, más de ocho siglos después de la muerte de su autor. Ese detalle –reflexionan Tomás Franco Artiaga y  Julio López-Davalillo– representa casi "un homenaje a todo un largo y oscuro pasado de la ciencia cartográfica". Los dos planos más famosos con esta estructura –si bien es cierto que los matices varían de uno a otro– son el de Hereford y Ebstorf, ambos datados en torno a los siglos XIII y XIV. Este último, una obra magistral con un diámetro de 3,5 metros, pintada en 16 colores y cuya autoría se atribuye al clérigo Gervasio de Tilburg, ardió en 1934, durante un ataque aéreo en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Una de sus características más llamativas era que en los márgenes aparece representado la cabeza, las manos y los pies de Cristo. Hoy en día podemos disfrutar de una reproducción. En el primer mapa, el de Hereford, obra de Richard de la Battayle, se aprecian pasajes de la Biblia y seres míticos. En su diseño destacan criaturas diabólicas, seres deformes que previenen al espectador sobre los riesgos de salirse del camino marcado. "El simbolismo de estos mapas es quizás su característica más interesante", apunta Paula Fernández Abón, quien recuerda en su artículo "La cartografía como comunicación del tiempo" que a dibujos tales como el Arca de Noé se unen otros elementos y criaturas fantásticos: "Vientos representados a modo de cabezas soplando en torno al mundo, animales monstruosos (Antrophogi), razas humanas legendarias, miniaturas de ciudades, plantas y demás elementos profanos de la iconografía medieval".

En la difusión de este tipo de cartografía jugó un papel destacado otro español: Beato de Liébana, un monje mozárabe del Monasterio de Turieno que aplicó estas representaciones gráficas a sus Comentarios al Apocalipsis. "Su simplicidad técnica e ideológica favoreció su rápida adopción para ilustrar las miniaturas de los diversos manuscritos realizados entre los siglos XI y XII, perviviendo incluso –con algunas variantes– durante el XIII y XIV", reflexiona Porro Gutiérrez. En los mapas del Beato se aprecia una mezcla de enclaves geográficos y una gran carga teológica. Destaca además su eclecticismo. En la Biblioteca Nacional de Madrid se conservan dos bellos ejemplos de este tipo de mapamundis, los bautizados como "beatos": uno de la primera mitad del siglo X, originario de San Millán de la Cogolla; y otro procedente de San Isidoro de León, datado en el XI y que se hizo para los reyes Fernando I y Sancha de Castilla y León. Además del modelo tripartido –los tres continentes, delimitados por el mar Negro y el río Don (Tanais) entre Europa y Asia; por el Nilo y el mar Rojo entre Asia y Europa; y por el Mediterráneo, entre Europa y África– influyen también el "cuatripartito", que incorpora la "terra incógnita" o "tema australis"; y los mapas hemisféricos, con las cinco zonas climáticas del globo, un legado de la antigüedad.

Poco a poco, con la ampliación de los horizontes de la Cristiandad, se da una circunstancia peculiar: la convivencia de la fantasía y la tradición, que recogían mapas como los de "T en O"; y la realidad. Porro Gutiérrez identifica tres fenómenos cruciales que ayudaron a esa curiosa convivencia: las Cruzadas, la leyenda del preste Juan –el fabuloso monarca que, según la tradición de la época, destacaba como defensor de la fe cristiana y la lucha contra los musulmanes– y las actividades misionales en Extremo Oriente. Las zonas ribereñas del Mediterráneo occidental europeo, con su tráfico marino, fueron escenario de otra revolución determinante: la aparición de cartas planas elaboradas gracias a las anotaciones de los navegantes, con rumbos y distancias… Las conocidas como cartas portulanas o "portulanos". Aparecidas en Mallorca, Génova y Venecia a finales del XIII sobresalen por su afán de precisión, favorecido por el uso de la brújula y el astrolabio.

Bibliografía consultada

Porro Gutiérrez, Jesús Mª. (Febrero de 2011) La cartografía histórica como fuente para la investigación histórica y patrimonial. Revista ph. Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. Nº 77 Monográfico. Págs. 54-61

Franco Aliaga, Tomás y López-Davalillo Larrea, Julio. (2004) La representación cartográfica del mundo en la Edad Media. Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, H. Medieval. T. 17. 157-165

Porro Gutiérrez, Jesús Mª. (2004) Los tesoros de los mapas: La cartografía como fuente histórica (de la Antigüedad a la época colombina). Anales de América Nº 12. Págs. 53-80

Fernández Abón, Paula. La cartografía como comunicación del tiempo

Thrower, Norman J.W. (2002) Mapas y civilización. Historia de la cartografía en su contexto cultural y social. Ediciones del Serbal. Barcelona