lunes, 14 de enero de 2019

Cómo daña el populismo a la democracia #De Avanzada #noticias


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En los últimos años, el populismo ha dejado de ser un fenómeno exclusivo de la política local de tropicales repúblicas bananeras, y ha ganado bastante tracción en los países civilizados, donde es visto y promovido por algunos como algo legítimo e, incluso, hasta deseable — posiblemente Steve Bannon es su promotor más reconocido en el mundo.

Los promotores del populismo lo impulsan como un saludable correctivo a los presuntos males de la democracia, y algunos llegan a afirmar que, incluso, el populismo es directamente una alternativa a la democracia. Porque de alguna forma, las injusticias se van a corregir si uno vota guiado por el odio y la desesperación, o algo.

Pues Yascha Mounk, profesor de Asuntos Internacionales de la Escuela Johns Hopkins de Estudios Internacionales Avanzados, y la doctora en ciencia política Jordan Kyle se propusieron responder si los populistas dañan la democracia o si son, de hecho, un saludable correctivo. Como "populismo" puede significar diferentes cosas para diferentes personas, Mounk y Kyle seleccionaron 66 revistas especializadas y revisadas por pares en temas de ciencias políticas, sociología y estudios regionales; identificaron todos los artículos publicados en estas revistas sobre populismo, así como a los líderes políticos vinculados con el populismo; luego examinaron cada posible caso de estudio de individualmente, consultándolo con expertos locales. Al final, en su definición, los gobiernos populistas están unidos por dos reivindicaciones fundamentales: (1) Las élites y los "extranjeros" trabajan en contra de los intereses del "verdadero pueblo", y (2) puesto que los populistas son la voz del "verdadero pueblo", nada debe interponerse en su camino.

Así, identificaron a 46 líderes populistas o partidos políticos que han estado en el poder en 33 países democráticos entre 1990 y 2018, y usando esa base de datos pudieron empezar a arrojar luz de forma rigurosa y empírica sobre la tensión entre populismo y democracia, a escala global. Sus hallazgos no son nada halagadores para los populistas — el populismo produce graves daños a la democracia:

Los populistas duran más tiempo en el ejercicio del cargo. En promedio, los líderes populistas permanecen en el poder el doble de tiempo que los líderes elegidos democráticamente que no son populistas. Los populistas son también casi cinco veces más propensos que los no populistas a sobrevivir en el cargo durante más de diez años.

Los populistas a menudo dejan el cargo en circunstancias dramáticas. Sólo el 34% de los líderes populistas abandonan el poder tras unas elecciones libres y justas o porque respetan los límites de su mandato. Un número mucho mayor se ve obligado a dimitir o es impugnado, o no deja el cargo en absoluto.

Los populistas son mucho más propensos a dañar la democracia. En general, el 23% de los populistas causan un retroceso democrático significativo, en comparación con el 6% de los líderes no populistas elegidos democráticamente. En otras palabras, los gobiernos populistas tienen cuatro veces más probabilidades que los no populistas de dañar las instituciones democráticas.

Los populistas a menudo erosionan los pesos y contrapesos del poder ejecutivo. Más del 50 por ciento de los líderes populistas modifican o reescriben las constituciones de sus países, y muchos de estos cambios extienden los límites de los mandatos o debilitan los controles sobre el poder ejecutivo. La evidencia también sugiere que los ataques de los populistas contra el estado de derecho abren el camino a una mayor corrupción: El 40% de los líderes populistas son acusados de corrupción, y los países que lideran experimentan caídas significativas en los rankings internacionales de corrupción.

Los populistas atacan los derechos individuales. Bajo el régimen populista, la libertad de prensa se reduce en un 7%, las libertades civiles en un 8% y los derechos políticos en un 13%.

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Los resultados de nuestra base de datos mundial sobre los gobiernos populistas, y el impacto de estos gobiernos en la persistencia democrática, son alarmantes. Los politólogos que han hecho hincapié en el peligro que los populistas representan para la persistencia de las instituciones democráticas se ven reivindicados por el antecedente histórico: lamentablemente, existe realmente un fuerte vínculo empírico entre el ascenso del populismo y el aumento de los retrocesos democráticos. Pero especialmente porque estos hallazgos subrayan la tensión entre el populismo y la democracia, también es importante señalar lo que no implican.

En primer lugar, muchos de los críticos de la creciente literatura sobre el populismo reprochan que las descripciones convencionales del populismo tratan de deslegitimar los agravios populares. Desde este punto de vista, los académicos que señalan que el populismo a menudo socava la democracia son demasiado reacios a reconocer que los votantes populistas a menudo están motivados por preocupaciones perfectamente legítimas sobre las deficiencias de sus países. Pero esto crea un falso dilema. Es perfectamente posible reconocer los peligros que el populismo plantea para la democracia y creer que la voluntad de un número creciente de ciudadanos de abandonar las instituciones existentes tiene profundas causas estructurales. Por lo tanto, una defensa adecuada de la democracia puede implicar una estrategia de doble filo, que se esfuerza por socavar el apoyo al populismo identificando y abordando estos agravios, así como por defender las instituciones democráticas oponiéndose a las fuerzas populistas que están dispuestas a destruirlas.

En segundo lugar, el antecedente histórico sugiere claramente que el populismo es un peligro claro y presente para la democracia. Pero aunque este hallazgo es motivo de grave preocupación, no es excusa para el fatalismo. Porque aunque el populismo es una de las principales causas de muerte democrática, la mayoría de las democracias que se enfrentan a un gobierno populista consiguen sobrevivir.

El gran debate teórico de los últimos años finalmente tiene una respuesta empírica clara — el registro histórico sugiere firmemente que el populismo, en todas sus formas, es realmente un grave peligro para la democracia. Esta investigación tiene la particularidad de que comparó principalmente países subdesarrollados con propensión al autoritarismo y una tradición democrática más bien endeble; Estados Unidos fue el único país del primer mundo que clasificó, gracias a la elección de Donald Trump en 2016.

Ojalá los demás países civilizados corrijan curso y dejen de darle oxígeno a sus fuerzas populistas, como UKIP en Reino Unido, el Frente Nacional francés, o Podemos en España.

(vía Yascha Mounk | imagen: Mike Licht)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio