martes, 9 de abril de 2019

La homeopatía engaña a los incautos, pero no al sistema inmune #La Ciencia y sus Demonios #noticias


Evolutivamente hablando, el cerebro humano ha sido afinado por la selección natural durante varios millones de años en la búsqueda y reconocimiento de patrones.  Y esta poderosa herramienta, que ha permitido no sólo la supervivencia sino también al incontestable éxito evolutivo de nuestra especie (triunfo que por cierto está llevando a la extinción a gran parte de la biodiversidad del planeta) tiene unas limitaciones que nos predisponen a la superstición en todas sus variantes. Y esta es la base de que las pseudomedicinas parezcan tener algún efecto, aunque el hecho de que nuestro cerebro se engañe de vez en cuando no significa que el resto de nuestro organismo también lo haga.

A la hora de tomar decisiones los humanos utilizamos en primera instancia el famoso "Sistema 1" de pensamiento identificado por los pioneros de la ciencia cognitiva Daniel Kahneman y Amos Tversky. Ese sistema, basado en intuiciones y sesgos cognitivos, fue absolutamente vital para nuestra supervivencia en nuestros entornos ancestrales, en donde la toma de decisiones tenía que ser lo más rápida posible y en presencia de escasos datos, puesto que cualquier dilación podía hacer terminar a nuestros antepasados como plato principal de la infinidad de depredadores que acechan en el siempre peligroso mundo salvaje.

Pero este sistema automático, emocional, estereotipado y subconsciente; que nos lleva en demasiadas ocasiones a confundir causalidad con casualidad, a tomar conclusiones precipitadas basándonos en unos pocos datos conocidos sin tomar en cuenta otros datos también disponibles o simplemente en nuestra limitada experiencia personal, exagerando el efecto de las primeras impresiones, es muy poco útil en la mayoría de las situaciones de la vida moderna, en donde ya casi no hay que tomar decisiones instantáneas ya que ahora nos solemos enfrentar a problemas complejos cuyos efectos pueden tardar demasiado tiempo en ser evidentes, como pueden ser elegir carrera universitaria, comprar una casa por una hipoteca que nos va a acompañar casi el resto de nuestras vidas o como el caso que nos ocupa, la siempre esquiva relación entre enfermedades y posibles tratamientos médicos.

Y aún así, en pleno siglo XXI cuando la ciencia moderna ha desarrollado un potente conjunto de herramientas (experimentos de laboratorio o con animales

y ensayos clínicos aleatorizados de doble o triple ciego)

que nos permiten superar estas evidentes limitaciones de nuestro pensamiento más rápido y emocional (al menos en la faceta sanitaria), millones y millones de personas en el mundo occidental siguen creyendo que las más diversas pseudomedicinas tienen poderes terapéuticos simplemente porque se hacen caso del remedio con que su amiga o vecino le aconsejan (aunque por supuesto la primera sea abogada y el segundo fontanero y no sepan diferenciar el páncreas del hígado o confundan un virus con una bacteria) o porque ese resfriado que ya empezaba a curarse de manera natural coincidió con la administración de una simples pastillas azucaradas.

Y aunque nuestro cerebro se deje engañar por esos sesgos tan profundamente incrustado en nuestra psique, otros elementos de nuestra fisiología no, tal y como muestra un trabajo publicado hace algunos meses en una revista científica. En el estudio se analizó el posible papel de las mal llamadas "vacunas homeopáticas" sobre el sistema inmune. Los investigadores seleccionaron a 150 estudiantes universitarios a los que se dividió en tres grupos diferentes de 50 componentes. El primer grupo fue el siempre necesario control, individuos que únicamente recibieron placebo en forma de pastillas e inyecciones. A un segundo grupo de adolescentes, que se consideró el control positivo, se le administraron dos de las vacunas habituales: la triple vírica frente a rubeola, sarampión y paperas y la vacuna contra tétanos, difteria y tosferina. Al tercer grupo se le inoculó las supuestas "vacunas homeopáticas" frente a los seis patógenos antes mencionados.

El primer resultado destacable es que el 37% de los individuos del grupo del placebo y el 38% de los integrantes del grupo homeopático presentaron algún efecto secundario entre una larga lista de lo más variado. Señal de que la simple indicación de un posible tratamiento, aunque sea ficticio, es capaz de desencadenar diversos tipos de reacciones. Hecho que demuestra el poderoso poder de sugestión de la mente humana. Por el contrario, en el grupo de vacunados realmente este porcentaje aumentó al 75% de los integrantes, efectos secundarios que se podían dividir en dos grandes grupos: los mismos que mostraron los de los anteriores grupos más los ligados a una verdadera vacunación: enrojecimiento de la zona vacunada o dolor en el músculo y en el brazo del pinchazo, señales compatibles con el desarrollo de una respuesta inmune frente a los patógenos inactivados que se inocularon.

Además, a todos los integrantes del estudio se les midieron los niveles de anticuerpos específicos contra los patógenos antes del inicio del estudio (puesto que muchos de ellos estaban previamente vacunados frente a estos virus y bacterias) para así obtener el valor basal. Y posteriormente se volvió a analizar sus niveles de anticuerpos específicos a las tres semanas del inicio de la prueba para determinar si los distintos preparados habían estimulado o no al sistema inmune. Los datos que se presentan en la siguiente gráfica son manifiestamente esclarecedores:

Mientras que los niveles de anticuerpos frente a las bacterias y los tres virus habían aumentado significativamente en el grupo que habían recibido las verdaderas vacunas, los valores obtenidos en los individuos tratados homeopáticamente eran indistinguibles de los correspondientes a los del grupo placebo. Algo que venía a corroborar lo que cualquier persona mínimamente racional puede deducir de la simple lectura de la composición de los preparados homeopáticos: que son idénticos a los placebos, puesto que no contienen sustancia alguna que pueda desencadenar ninguna reacción medible, salvo la subida del nivel de glucemia si se abusa de estas pastillitas de azúcar.

En resumen, que la homeopatía puede engañar a los creyentes, pero nunca a esas más que eficaces células del sistema inmune que nos protegen de los siempre peligrosos patógenos.

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