sábado, 23 de mayo de 2020

COVID-19: lo mejor es el racionalismo y la sensatez #La Ciencia y sus Demonios #noticias


En época de crisis es cuando más se necesita apelar al racionalismo y al pensamiento crítico, ya que de otra manera se puede acabar en la histeria y cometiendo los más graves errores. Y quizás no haya habido ningún momento en las últimas décadas en donde apelar a la sensatez sea más necesario.

En la actual situación, en donde media Humanidad está al borde de la histeria y la otra mitad pidiendo (casi a gritos) una cura contra la actual pandemia coronaviral quizás sea un buen momento para un par de reflexiones.

La primera es sobre el ya triste caso de la famosa hidroxicloroquina, ese supuesto remedio maravilloso promocionado por los presidentes Trump y Bolsonaro para no tener que asumir la realidad de una pandemia que está cambiando el mundo y destruyendo de paso los cimientos de ese "maravilloso", pero peligroso y más que erróneo, dogma neoliberal del crecimiento económico a toda costa y cueste lo que cueste.

Todo empezó con un par de estudios [1 y 2] que mostraron una relativa mejoría frente a la COVID-19 cuando se administraba el mencionado fármaco a un por cierto muy limitado número de pacientes. A partir de ahí, muchos medios de comunicación echaron las campanas al vuelo y hasta presidentes de dos de las naciones occidentales más pobladas defendieron su uso tanto terapéutico como profiláctico, produciendo un desabastecimiento de este medicamento para los usos habitualmente demostrados y la felicidad de los gestores de las empresas que vendían dicho fármaco que vieron aumentar de manera desorbitada las ventas de los mencionados medicamentos. Pues bien, ayer mismo la prestigiosa revista médica "The Lancet" ha venido a arrojar un vaso de agua fría ante lo que solo puede denominarse como una "burbuja farmacéutica".

Un impresionante estudio observacional retrospectivo con algo más de 96.000 pacientes de COVID-19 ingresados en 671 hospitales, principalmente de los EEUU pero con otros más de 100 centros sanitarios del resto del mundo, ha llegado a la dura (y triste) conclusión de que este fármaco no sólo no es efectivo frente a la infección coronaviral sino que es peligroso, ya que los paciente medicados tuvieron un riesgo 14 veces superior de sufrir arritmias ventriculares y una mortalidad de alrededor del doble que los enfermos no tratados con el fármaco.

Quizás lo más llamativo de este estudio sea que aunque los propios autores afirmen claramente que

estos regímenes farmacológicos se asociaron con una disminución de la supervivencia hospitalaria y una mayor frecuencia de arritmias ventriculares cuando se usaron para el tratamiento de COVID-19

aún así indiquen que

es necesario un ensayo clínico para dilucidar si este fármaco puede ser o no útil en el tratamiento de la COVID-19.

Y aunque en Ciencia está muy bien intentar llegar al fondo del asunto y conseguir una conclusión definitiva, no es menos cierto (ni tampoco menos importante) valorar la ética experimental y tener siempre en cuenta el posible coste/beneficio y las vidas en juego de los ensayos clínicos. Porque no hay que ser un lince para comprender que este tipo de estudios se realizan cuando todos los datos previos son claramente positivos y, por tanto, existe una cierta probabilidad de obtener un éxito que repercuta en un futuro más o menos próximo en la obtención de un tratamiento que pueda salvar miles o incluso millones de vidas. Ahora bien, con estos negativos (y más que nefastos) datos previos ¿es razonable suponer que sea necesario realizar un ensayo clínico con bastantes miles de pacientes involucrados cuando la morbilidad y la mortalidad atribuible al tratamiento es tan evidente? Yo por si acaso espero este ensayo clínico no sea planteado (y por supuesto aprobado) nunca porque, dejando de lado el muy probable coste humano, no quisiera estar en el pellejo del comité de ética médica que firme su autorización, porque sería carne de cañón de esos implacables abogados demandantes que nos presenta la ficción hollywoodiense.

Y ya saben, a la vista de que parece ser que tendremos que convivir mucho tiempo con la COVID-19 recuerden estas palabras si se les llegara a plantear a ustedes o a sus seres queridos ser seleccionados para este ensayo clínico, que nunca se sabe las vueltas que da el azar en un futuro más o menos próximo. Yo por mi parte lo tengo meridianamente claro: investigación sí, siempre que sea rigurosa y apoyada en los datos previos. Si no, lo mejor es el principio de precaución y la máxima hipocrática del "primum non nocere".

Y la segunda reflexión viene a colación de las vacunas que en la actualidad se están desarrollando frente al coronavirus. Medios de comunicación de prácticamente todo el mundo han celebrado las dos iniciativas actualmente más avanzada (una estadounidense y otra china) con titulares del estilo

Los primeros resultados en humanos de una vacuna [china o estadounidense] contra el coronavirus señalan que es segura y genera inmunidad

Y aquí hay que hacer una puntualización muy importante. Un ensayo con poco más de un centenar de sujetos, que es lo que se ha llevado a cabo en la fase 1 de estas vacunas o ya puestos de cualquier otro ensayo clínico, nunca puede asegurar que un fármaco es seguro, simplemente sugiere que el compuesto no es demasiado peligroso, porque no ha matado inmediatamente a uno, a varios o ha dejado gravemente enfermos a dos docenas de los varones adultos pero jóvenes y sanos en los que se ha analizado dicha fase. Por poner un par de ejemplos relevantes, si un compuesto daña de manera importante al riñón o al hígado a medio plazo, es decir pasados unos meses o un par de años, o si mata directamente por infarto o choque anafiláctico brutal a uno de cada mil o diez mil sujetos, estos miniestudios preliminares nunca podrán detectar este tipo de graves complicaciones médicas. Sólo el tiempo y el escalar el ensayo a miles y decenas de miles de pacientes podrá asegurar en un futuro la seguridad y también la efectividad del supuesto tratamiento.

Por ello, y a pesar de la urgencia del momento, hay que pedir a los medios de comunicación precaución a la hora de redactar los titulares de las noticias, moderación a esos inversores que se han vuelto locos comprando las acciones de la empresa en cuestión y, sobre todo, tranquilidad y paciencia a una ciudadanía que después de haber abandonado a su suerte a la Ciencia y al ostracismo (cuando no a la miseria) a decenas de miles de investigadores, ahora quiere para mañana mismo una cura milagrosa que no nos exponga a las consecuencias de esas nefastas decisiones que llevamos décadas llevando a cabo de la manera más irresponsable en nombre de un intocable y casi sacrosanto libre mercado globalizado.

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